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Opinión | Café filosófico

La guerra civil sobre la guerra civil

La izquierda española no se entera de que «vencer es convencer»

David Uclés

David Uclés

No hay nada más insultante que negarle la palabra a alguien. O que negarse a hablar con él. Negar a quien sea la posibilidad de expresarse es despojarle de todo lo que le hace humano (y redimible, caso de ser un bestia): el lenguaje, el habla, la razón... Es preferible que te den un puñetazo a que te retiren la palabra. Lo segundo duele más (siempre duele más el alma). Por eso resulta tan dolorosa – y estúpida – la actitud de aquellos que se niegan a hablar (y por descontado a escuchar) a quienes se sitúan en sus antípodas ideológicas. Una cretinez generalizada y peligrosa que hoy exhiben impúdicamente politicastros, artistas o «intelectuales» más apegados al moralismo parroquiano y al activismo garrulo que al diálogo inteligente con quienes no comulgan con su catecismo ideológico.

A este país le sobran tontos y demagogos, y le hace falta como el comer, el tomar cañas o el compartir memes, una educación para el diálogo (ese, el diálogo, y no el pacifismo infantil e inocuo, es el cimiento de una verdadera cultura de paz)

Que esta actitud provenga además de intelectuales o personajes adscritos a los valores de la izquierda (la dignidad humana, la igualdad, la apertura al otro, la razón comunicativa, el diálogo como vía de resolución de conflictos…) resulta deprimente. El último caso es el del escritor David Uclés retirándose de unas Jornadas de debate sobre la Guerra Civil por no agradarle el título (por demás, absolutamente certero: «1936: La guerra que todos perdimos») o por no vérselas con José María Aznar; como si uno solo debiera dialogar con los suyos y en su cenáculo o parroquia (y como si en las parroquias realmente se dialogara de algo). Tras Uclés, cuya torpe propuesta de título («la guerra que sufrimos todos») podría ser igualmente criticada por el maniqueísmo simplista de los demagogos de izquierdas, se ha largado toda una manga de personajillos temerosos del qué dirán (curiosamente, se han quedado todos los historiadores, de uno y otro signo, menos una que, razonablemente, no encontraba ya el horno para bollos dialécticos), y se ha hecho el habitual escrache por parte de la jauría de cretinos convencida de que no hay nada que pensar (o que remover, como ha dicho un portavoz de la Federación Andaluza de Memoria Democrática, copiando el argumento que emplea la derecha para no remover las cunetas). Resultado de todo ello es que las Jornadas se han suspendido.

Que en este país haya gente (mucha gente) que no solo se niega a hablar con el oponente, sino que intenta impedir que el oponente hable (cancelando o boicoteando conferencias, jornadas y eventos culturales), o que amenaza con cancelar su suscripción a un periódico por publicar un artículo que no repite lo que ya piensa (como el de Ana Iris en El País tildando de fascista al «antifascismo» de Uclés) y que, encima, exhiba todo esto como un virtuoso signo de compromiso político (en vez de como un síntoma de gregarismo dogmático) es algo sobre lo que tendríamos mucho que hablar…

A este país le sobran tontos y demagogos, y le hace falta como el comer, el tomar cañas o el compartir memes, una educación para el diálogo (ese, el diálogo, y no el pacifismo infantil e inocuo, es el cimiento de una verdadera cultura de paz). Un diálogo fundado en el libre intercambio de argumentos, en la escucha, el análisis y la verdadera empatía, que es la capacidad específicamente humana de ponerte en la piel del otro para entenderlo mejor. Uclés, Maíllo, Iglesias y parte de la izquierda española no parecen haberse enterado de que vencer es convencer, y de que para convencer hay que dialogar. Lo otro es una guerra civil, o mediática, en la que, en tanto nadie convence a nadie, perdemos efectivamente todos.

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