Opinión | La curiosa impertinente
Sobre política y libros
Tres delicias distintas y distantes para agradecer en estos tiempos donde se premia el gesto y la ideología por encima del talento hueco

Juan del Val / Europa Press
El señor Feijóo ha dicho una verdad como la Biblia cuando le ha espetado a Rufián que si él, o sea Feijóo, hubiera tenido responsabilidades de gobierno en el accidente de Adamuz, el de ERC le hubiera llamado asesino y se hubiera presentado con un pedazo de raíl, como con las esposas de Rajoy o la soga de Salomé Pradas. Y el representante de Vox ha lanzado otra verdad como la estatua de la libertad al afirmar que la presencia del líder popular en la Comisión sobre la dana es una añagaza demagógica. Rufián es un provocador de patio de colegio y la popularidad, estima, prestigio y simpatía que despierta en cierta izquierda, espero que no toda, e incluso en el inefable y ultraderechista Vito Quiles y sus inefables seguidores, resulta prueba incontrovertible de la degeneración de esta Españita nuestra tan amiga de encumbrar a personajes horribles. Aunque en eso no se diferencia del ancho mundo.
Con el premio Planeta de Juan del Val no pude pasar del primer capítulo, tal era el nivel de superchería y banalidad de una letra tras otra. Les aconsejo, en cambio, tres libros totalmente alejados entre sí pero estupendamente escritos, profundos, diferentes y entretenidos
No he acabado La península de las casas vacías, porque lo empecé creyendo que iba a ser un libro diferente y me pareció un trufado con pretensiones de realismo mágico y visión cansina de la contienda, insufrible, carente de emoción, originalidad e interés. También me dejé sin acabar Las máscaras del héroe porque, aunque la prosa de Juan Manuel de Prada sea brillante, la maldad y el desprecio con los que trata a sus personajes me parecieron absolutamente perversos. Con el premio Planeta de Juan del Val no pude pasar del primer capítulo, tal era el nivel de superchería y banalidad de una letra tras otra. Les aconsejo, en cambio, tres libros totalmente alejados entre sí pero estupendamente escritos, profundos, diferentes y entretenidos. No se pierda, amigo lector, El vino de la soledad, de Irene Némirovski, Un adiós, de Bárbara Arena y Un verdor terrible, de Benjamín Labatut. Tres delicias distintas y distantes para agradecer en estos tiempos donde se premia el gesto y la ideología por encima del talento hueco y que, aunque no eluden el dolor, lo resignifican y trascienden a través del arte.
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