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Opinión | Con permiso de mi padre

El clima, la culpa y el verdín

Usamos el cambio climático como una explicación universal que vale para todo: para la sequía, para el calor de agosto, para el frío en mayo o para que las lechugas salgan caras.

Estado del polígono Charca Musia, en Cáceres, tras la borrasca Marta

Estado del polígono Charca Musia, en Cáceres, tras la borrasca Marta / Carlos Gil

Ayer salió el Sol; fue un ratito nada más, como un espejismo entre tantos días de nubes, de lluvia desmedida y de vientos huracanados que ni Pepe Pótamo en su globo. Pues eso: que apareció el Sol y la mayoría de la gente se echó a la calle para quitarse el verdín del cuerpo y el musgo del alma. En el fondo, seguimos siendo animales de costumbres, y el cielo despejado tiene un poder casi terapéutico.

En Galicia, quince días de agua seguidos no son más que una ligera molestia. Allí lo llaman ‘borrasca’ y siguen con su vida. Pero en Extremadura, dos semanas de lluvia continua son otra cosa: un drama existencial con consecuencias materiales. Arroyos que se vuelven ríos incontrolables, caminos convertidos en barrizales y hasta mares improvisados donde antes había dehesa. Ni los espíritus ni las infraestructuras están preparados para semejante diluvio.

El comodín climático

Y claro, en cuanto pasa algo así, aparece la frase mágica: «Es el cambio climático». La usamos como si fuera el comodín de la llamada, una explicación universal que vale para todo: para la sequía, para el calor de agosto, para el frío en mayo o para que las lechugas salgan caras. Pero si uno se detiene un segundo, la pregunta molesta asoma inevitablemente: ¿y si el clima siempre cambió? ¿Y si no sabemos tanto como creemos?

Es cierto que las estaciones se desdibujan, pero quizá confundimos diagnóstico con causa. El clima ha pasado por ciclos de calor y frío desde antes de que existieran nuestras fábricas, incluso el ser humano, y nadie puede asegurar con certeza cuánto se debe a nuestra influencia y cuánto al capricho del propio planeta.

Mientras tanto, Europa lleva la penitencia más fervorosa. Cerramos minas, prohibimos coches diésel, imponemos etiquetas verdes hasta en la leche y cargamos sobre la espalda una culpa colectiva por cada kilovatio consumido. Nos dicen que es el precio de salvar el mundo. Pero el mundo, visto desde arriba, no parece estar haciendo fila para acompañarnos en el sacrificio.

China sigue encendiendo fábricas y neones como si la noche fuera un decorado de videoclip. Rusia exporta gas y carbón con la tranquilidad de quien no tiene que rendir cuentas a Bruselas. En buena parte de Asia las luces nunca se apagan, ni en las calles ni en las pantallas. Y mientras, nosotros contamos los minutos del aire acondicionado dándonos golpes de pecho en plan por mi culpa, por mi gran culpa.

Salvar la conciencia

Hay algo desproporcionado en todo esto. Europa, con su interminable sentido de misión, se comporta como el alumno aplicado que recoge las tizas del suelo mientras los demás garabatean en la pizarra. Queremos salvar el planeta, pero parecemos más bien empeñados en salvar la conciencia.

Tal vez todo esto tenga más de religión que de ciencia: una mezcla de culpa, rituales de redención y nuevas palabras sagradas como «neutralidad», «resiliencia», «sostenibilidad». Nadie se atreve a dudar, porque dudar ya suena a pecado.

Y sin embargo, cada vez que vuelve a salir el Sol tras tantas tormentas, uno se pregunta si no estamos exagerando el relato. Si esta sucesión de temporales, calores y destiempos no será, al fin y al cabo, la versión moderna de lo que siempre fue: el humor cambiante de un planeta que no responde a nuestros planes, a nuestra corta historia personal, ni a nuestras normativas.

Quizá el clima no sea tan culpable como nosotros ni tan inocente como creemos. Y, en cualquier caso, lo que necesitamos no es tanto salvarlo como aprender a convivir con él, sin moralinas y sin histerias. Porque, aunque cueste admitirlo, el Sol siempre termina saliendo. Aunque sea solo un ratito.

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