Opinión | Encerado y Clarión
Oiga usted, a la última fila
Recordaba Thomas Jefferson que preferiría periódicos sin gobierno antes que gobierno sin periódicos, pero la libertad de expresión no es un premio navideño ni un caramelo que se retira por mala conducta. Es un derecho a veces áspero, a veces incómodo, a veces imperfecto

Periódico. / EL PERIÓDICO
Hay gobiernos que confunden gobernar con tutelar. Se comportan como ese maestro sustituto que llega a mitad de curso y decide que el problema no es el temario ni quien lo imparte, sino el alumnado. Y así, la libertad de expresión pasa a ser el estudiante incómodo al que conviene sentar en la última fila para que no distraiga. Si insiste en preguntar, se le expulsa por alterar el orden. Decía George Orwell que en tiempos de engaño universal decir la verdad es un acto revolucionario. Hoy parece que hemos actualizado la máxima: en tiempos de susceptibilidad institucional, decir algo incómodo es un acto sancionable. No necesariamente por falso, sino por inoportuno. Y cuando la oportunidad la define el poder, suele coincidir con el calendario electoral.
Se ha puesto de moda llamar “bulo” a todo aquello que no armoniza con la versión oficial. La palabra funciona como antiguamente la herejía, sirve para desacreditar, para intimidar sin admitir que se intimida. No se censura, se “contextualiza”. No se silencia, se “regula”. No se persigue, se “protege”. Entre eufemismo y eufemismo, la intención no es quemar en la pira al hereje, basta con cortarle la lengua. El problema no es corregir errores o bulos, para eso están los tribunales y las rectificaciones, sino modelar el clima. Porque cuando desde una institución se señala a un medio, no solo se cuestiona una noticia, se lanza un aviso. Cuidado con lo que publicas. No por falso, sino por inconveniente. Y ahí la crítica deja de ser debate para convertirse en advertencia.
Recordaba Thomas Jefferson que preferiría periódicos sin gobierno antes que gobierno sin periódicos, pero la libertad de expresión no es un premio navideño ni un caramelo que se retira por mala conducta. Es un derecho a veces áspero, a veces incómodo, a veces imperfecto. Incluye la opinión, el sentir, la crítica y la verdad que molesta, también el error y la exageración. Lo que no incluye es el monopolio moral de la verdad por parte de quien legisla. Cada vez que el poder propone “acotar” la libertad de expresión para protegernos de nosotros mismos, conviene desconfiar del paternalismo pues suele ser una forma elegante de desconfianza ciudadana y evitación de salirse del relato institucional.
La excusa ahora es proteger a nuestros menores, que puede y debe ser, pero como decía Immanuel Kant, la mayoría de edad representa la autonomía, el pensamiento crítico y la libertad racional y ahora parece que nos expiden carnés de infancia renovables cada cuatro años. No vaya a ser que pensemos solos. No vaya a ser que confundamos la crítica con el ejercicio legítimo de la razón. No vaya a ser que escuchemos, al contrario.
La democracia no se fortalece reduciendo voces, sino soportándolas, incluso cuando molestan. Porque el día que solo hablen quienes coinciden con el Gobierno de turno, no habremos perfeccionado la libertad de expresión, la habremos convertido en un simple eco del Gobierno de turno. Y un país que solo escucha su eco termina creyendo que el silencio es consenso, que la crítica es traición y que la verdad debe pedir permiso para cruzar la plaza pública. Entonces ya no hará falta mordaza, bastará el miedo de que primero te lleven a la última fila para luego expulsarte.
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