Opinión | Con permiso de mi padre
Soy creyente, gracias a Dios

Una religiosa orando. / ABED AL HASHLAMOUN
Soy creyente, gracias a Dios. No porque un día lo decidiera delante del armario, como quien escoge vestido, sino porque me ha tocado. Igual que no elegí mi estatura ni el gusto por escribir, tampoco escogí esta certeza testaruda de que hay Alguien ahí arriba. Lo vivo como un don y, a ratos, como una responsabilidad: si a una le han regalado luz, lo mínimo es no pasarse la vida apagando interruptores. Aunque a ratos, como todos (o incluso más), tenga dudas.
A estas alturas, decir en voz alta «soy creyente» provoca más incomodidad que un móvil sonando en medio de un velatorio. Vivimos tiempos raros: se aplaude la diversidad de todo menos de mirada. Puedes ser casi cualquier cosa (incluso gato de angora), menos católico practicante sin que alguien tuerza el gesto. Curioso: la época que presume de tolerancia se atraganta con una cruz al cuello, pero pasa por todo lo demás sin hacerse ni una pregunta.
Nunca he intentado convertir a nadie, no reparto estampitas en las cenas ni doy homilías en los postres. Quizá por eso me desconcierta tanto ese fervor de algunos ateos militantes que parecen levantarse cada mañana con un objetivo: convencernos de que somos tontos. Les incomoda que uno crea en Dios, pero se toman un trabajo casi apostólico en demostrar que no existe. Como en alguna ocasión escribí en esta misma columna, no hay nadie más sectario, cansino e intransigente que un ateo militante y activista.
Una comediante se escandalizaba hace poco porque le parecía penoso que los jóvenes «necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana». Como si hablara de una nueva droga sintética. Me dio ternura porque, sin querer, admitía dos cosas: que la fe sigue ahí, tercamente viva, y que a muchos les da miedo que los jóvenes busquen algo más alto que su propio ombligo o que la página del horóscopo
Dicen que lo correcto es vivir «sustentado en la nada». Perfecto, cada cual con su elección de vacío. El problema empieza cuando ese vacío necesita ruido y se entretiene disparando contra la Iglesia. Contra la católica, por supuesto, que es la que tienen más a mano, y a la que quieren hacer pagar un resentimiento vital que vete tú a saber por qué. Hablan de ella como quien opina de un pueblo en el que nunca ha pisado la plaza: confunden adorar con venerar, mezclan a cuatro sinvergüenzas con dos mil años de historia, y meten en el mismo saco a un santo de bata gastada y a un obispo de despacho alfombrado. Y saben que eso no les supondrá incomodidad ninguna, porque meterse con la Iglesia sane gratis y a veces es hasta rentable y divertido (que prueben con otras religiones, a ver si también).
La Iglesia tiene pecados, cómo no los va a tener, si está hecha de personas, pero también manos que sujetan moribundos, aulas que forman, casas que acogen a quien nada más acoge. Eso no suele salir en los monólogos de moda, no hace gracia. Es más fácil repetir clichés que entrar a una iglesia entre semana, sentarse en un banco frío y mirar el sagrario cinco minutos en silencio. El silencio, ya se sabe, es muy peligroso: en cuanto uno calla, se oye a sí mismo.
Una comediante se escandalizaba hace poco porque le parecía penoso que los jóvenes «necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana». Como si hablara de una nueva droga sintética. Me dio ternura porque, sin querer, admitía dos cosas: que la fe sigue ahí, tercamente viva, y que a muchos les da miedo que los jóvenes busquen algo más alto que su propio ombligo o que la página del horóscopo.
El ser humano puede fingir e intentar convencerse de que no necesita trascender, llenando la vida de pantallas y consignas, pero la pregunta por el sentido de la vida (y de la muerte) siempre vuelve, implacable, como la vida (y la muerte).
Por eso no me avergüenza decir que creo. Que mi vida no se sostiene en la nada, sino en Alguien. Y si eso resulta escandaloso en 2026, casi que me confirma que voy por buen camino.
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