Opinión | Trazos y travesías
Olor a ‘fregao’

Un ama de casa cocinando / Toni Gudiel/El Periódico Extremadura
Pasear por el pueblo en un día de diario no es lo mismo que hacerlo en fin de semana. Recorrer las calles por la mañana tampoco es igual que patearlas por la tarde. De lunes a viernes las casas bajas huelen a cubo recién volcado. El aire ventila; sale por una ventana y entra por otra, repartiendo aromas a esmero y al cocido que tamborilea en una olla exprés.
Por la tarde, las arterias de la villa atufan a usadas. La prisa conduce al viento y lo empuja de comercio en comercio, de actividad en actividad. Los gritos de la infancia chocan desde los parques con las bocinas de los Audis adolescentes y las Renault Exprés de los viejos en las avenidas. El ritmo de los pasos de las señoras resbala a cuentagotas por la cuesta del colesterol, camino a la operación bikini de sus torturas y ensoñaciones. Apenas conversan, no quieren perder fuelle. En el horizonte, tras la feria, el verano amenaza.
Sin embargo, el pueblo por la mañana respira paz. El sol acude por imposición, como los jóvenes al instituto, pero se va dejando notar, tímido y perezoso, por encima de las fachadas ávidas de reconocimiento a cielo abierto y las copas de los árboles espigones y huesudos. Los carritos de la compra, a trompicones, les echan una carrera a los rayos del astro antes de que insistan en chamuscar las pieles de sus paseantes, bañadas en SPF30.
El ritmo de los pasos de las señoras resbala a cuentagotas por la cuesta del colesterol, camino a la operación bikini de sus torturas y ensoñaciones. Apenas conversan, no quieren perder fuelle
Las primeras horas del día en el pueblo le pertenece a las señoras, esas a las que algunas jóvenes dicen aspirar en sus costumbres de sillita al fresco y paquetito de pipas, aunque guarden pines en Pinterest con el trasero de alguna Kardashian y consuman reels con rutinas de maquillaje para elevar su aspecto —o algo así, dicen ahora—. Siempre opciones para obedecer. Siempre la urgencia de moldear mentes prestas para el consumo y el encorsetamiento, como los pechos de cualquier mujer en cualquier alfombra roja.
No es lo mismo el pueblo por la mañana que por la tarde. Por la mañana, Pablo Motos y las Kardashians no existen. Las que friegan y cuidan de su casa sí están. Ellas alejan la desgracia al paso por sus aceras. Nos hacen partícipes de la levedad del instante como vuelo de mariposa que no anhelamos atrapar, sino permitirle embelesarnos. Tal vez por eso, al pasar por esas puertas conecto con la presencia de mi abuela. Cuando camino por las aceras temprano algo de su vida sigue intacto en lo más esencial. Como si, desde algún recodo, le diera un escobazo a ciertas partes de un mundo donde no pertenezco y espantara los fantasmas con el matamoscas, dejando mi propio aliento impregnado de ese aroma a desinfección y de una serenidad que se acompasa a las zancadas y me susurra: tranquila, hija, estás en casa.
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