Opinión | Con permiso de mi padre
Reivindico mi derecho a odiar

Pedro Sánchez en un Foro contra el odio / Chema Moya
Reivindico mi derecho a odiar. A odiar poco, a ratos, pero con plena propiedad. Odio el baldosín traicionero que te convierte el calcetín en esponja. Odio al del altavoz humano que, a las ocho de la mañana, decide que todos vamos a conocer el historial médico de su cuñado. Odio las manos sudadas que se abalanzan sobre la mía en nombre de la cordialidad. Odio el olor a humanidad abandonada en el bus de las tres de la tarde. Y sí, también odio –con un odio limpio, higiénico, profiláctico– que un Gobierno pretenda legislar lo que pasa por mi cabeza mientras él mete la mano donde no debe.
Porque ahora la gran obsesión de nuestros próceres no es la corrupción, ni los contratos a dedo, ni las comisiones que huelen a paraíso fiscal. No. El enemigo público número uno es “el discurso del odio”. El odio, dicen, es peligrosísimo. Sobre todo, cuando va dirigido a ellos. Qué casualidad. El mismo Gobierno que no encuentra tiempo para aclarar sus chanchullos, sí tiene prisa para redactar un protocolo sentimental que decida qué puede usted sentir sin molestar al ministro de turno.
La jugada es de manual: se inventa una cruzada contra el odio para tapar los desmanes de la casa. Si criticas su corrupción, es odio. Si recuerdas sus promesas incumplidas, es odio. Si te atreves a llamar por su nombre a sus aliados poco presentables, es odio agravado con alevosía. No quieren menos odio: quieren menos crítica
Odio, por ejemplo, las ruedas de prensa sin preguntas, las comisiones de investigación que acaban exculpando a los de siempre, las memorias económicas que nunca cuadran. Odio el “ha sido un error administrativo” que sirve para todo: desde un contrato inflado a un enchufe descarado. Odio el espectáculo de ver a los que han convertido la gestión pública en barra libre moral (prostitutas, enchufes, desfalcos…) dándome lecciones de civismo mientras aprietan el cerrojo del Código Penal.
La jugada es de manual: se inventa una cruzada contra el odio para tapar los desmanes de la casa. Si criticas su corrupción, es odio. Si recuerdas sus promesas incumplidas, es odio. Si te atreves a llamar por su nombre a sus aliados poco presentables, es odio agravado con alevosía. No quieren menos odio: quieren menos crítica. Menos ruido. Menos ciudadanos molestos preguntando dónde han ido a parar los millones de tal contrato, tal subvención o tal rescate.
Mientras tanto, siguen inaugurando protocolos, observatorios y oficinas muy preocupadas por tus emociones. De la factura de la luz, ya si eso, otro día. Eso no es odio, eso es “contexto internacional”. De los amiguetes recolocados, tampoco hablemos: eso es “movilidad del talento”. De los precios de los alimentos, ni pío. Pero cuidado con tu tuit cabreado, con tu columna afilada, con tu conversación de barra de bar: eso puede convertirse en materia penal. El desfalco es circunstancial; tu mala leche, intolerable.
Yo necesito odiar unas cuantas cosas para mantener algo de cordura cívica. Odio el pasillo alfombrado que separa al político de la ventanilla donde tú haces cola. Odio el enchufe oficial que se salta tu atasco. Odio el parte de corrupción que se entierra en agosto. Odio el telediario que convierte al gobierno en ONG y al ciudadano en sospechoso.
No se confundan: no estoy defendiendo el insulto gratuito ni la violencia. Eso ya está en el Código Penal, y bien está. Lo que defiendo es el derecho elemental a pensar y a decir en voz alta que el rey va desnudo, aunque el Boletín Oficial insista en describirle el traje. Defiendo el derecho a detestar la impunidad, la mentira y el descaro, sin que venga un despacho con moqueta a explicarme que mi hartazgo es inconstitucional.
Si algún día logran que odiar sus trampas sea delito, muchos españoles serán delincuentes vocacionales. Y el primer corrupto que se libre del banquillo gracias a un “exceso de sensibilidad” del sistema, confirmará lo que ya sabemos: que aquí lo único que se persigue con verdadera pasión no es el odio, sino la disidencia.
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