Opinión | Nueva sociedad, nueva política
Juanjo, Paco y la alta política
Dos cacereños que respetaban al otro se han ido en tres meses

Juan JoséMoreno Doncel, en un viaje en 1955
No recuerdo exactamente cuándo ni cómo conocí a Juan José Moreno Doncel, a Juanjo, hace casi veinte años. Creo que fue en Filmoteca, el espacio donde conservamos su placer más amado: el cine. Era de esas personas cuyo carácter te arrolla instantáneamente, pero sin hacerte pequeño: fue uno de los extremeños que más me respetó siempre, consideración con la que siempre le correspondí. Su «oficina», como él la llamaba, era la terraza del Restaurante Centro, donde lo veía casi a diario en la época en que compartimos barrio, su Casco Antiguo de la calle Villalobos. Era una presencia casi paisajística, justo al lado de Leoncia, justo al lado de la iglesia de San Juan, en la transición entre la ciudad nueva y la vieja. Allí era muy habitual verle sentado con Francisco Palacios, Paco, el dueño y señor del Centro. Otra presencia constante en ese corazón de Cáceres, que duele ahora como ausencia para cualquiera que se haya sentado con él en sus mesas. Tampoco recuerdo cuándo ni cómo conocí a Paco, pero me acuerdo muy bien de la época en que fui habitual de las mesas de su señorío y él se sentaba conmigo.
Charlar con Juanjo era charlar de cine o de política. Charlar con Paco era charlar de política o de la vida. Pensaban muy distinto, opuesto en algunas cosas, pero era un placer intenso compartir sabiduría del sentido común, de la experiencia y, sobre todo, de una profunda e insobornable autenticidad
Charlar con Juanjo era charlar de cine o de política. Charlar con Paco era charlar de política o de la vida. Pensaban muy distinto, opuesto en algunas cosas, pero era un placer intenso compartir sabiduría del sentido común, de la experiencia y, sobre todo, de una profunda e insobornable autenticidad. Homenajearles hoy es homenajear uno de los componentes básicos de la alta política, lo que ambos tenían en común: el profundo conocimiento de la naturaleza humana y del entorno; la política de la calle y de la gente, de la empatía, de la bondad, de la altura de miras por encima de las miserias cotidianas, de lo auténtico frente a lo falsamente representado por los que mandan. Paco nos dejó en Navidad, casi en el justo borde del cambio de año. Juanjo nos ha dejado en la exacta llegada de la primavera. Los dos se han ido en apenas tres meses, las dos veces yo estaba fuera de Cáceres. Esta despedida, este homenaje conjunto, era para mí una obligación: ambos leían esta columna, y a ambos les solía gustar lo que leían. Juanjo me llamó muchas veces el día que se publicaba, para comentarla y regalarme sus generosas palabras. Paco me lo dijo alguna vez de pasada, cuando le saludaba en la puerta de su Centro, muy lacónico, dando su valiosa aprobación a lo aquí escrito con un solo gesto. Aprendí de ambos. Su distinta concepción de la política humana estuvo a veces en la inspiración de esta columna. Me apena no conservar ninguna fotografía de los dos charlando en la misma mesa de la terraza del Centro, porque es una escena de mi Cáceres íntimo. Pero conservaré siempre sus formas de pensar, tan diferentes y tan sensatas, con sus tonos de voz inolvidables. Con Paco y con Juanjo, por separado o mediando en la amistad entre los dos, era fácil constatar una necesidad incontestable: respetar al otro que piensa distinto
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