Opinión | Tribuna
Ormuz, Groenlandia y la Teoría del Caos
A la luz de la Teoría del Caos, podemos considerar la guerra de Irán como un gran MacGuffin trumpiano: «Mirad a Ormuz mientras priorizo Groenlandia»

Trump. / EL PERIÓDICO
Trump es imprevisible, una pura contradicción, el histrión que irrumpe en el escenario haciendo saltar todo por los aires. El orden internacional levantado tras 1945 se ha roto, coinciden los analistas, como consecuencia de esta “realpolitik” donde los hechos consumados imprimen el rumbo, mientras el derecho internacional queda marginado, y subordinado, a la exhibición de fuerza de un líder alejado del equilibrio diplomático, estratégico y mental que debe regir en la seria toma de decisiones.
Ilya Prigogine estudió los sistemas alejados del equilibrio y observó cómo leves fluctuaciones podían generar importantes reordenamientos de las partículas estudiadas, dando lugar a dinámicas y órdenes nuevos. Definió esos “órdenes surgidos del desorden” como “estructuras disipativas”, hallazgo por el cual obtuvo el premio Nobel de Química en 1977. Las estructuras disipativas son abiertas y el equilibrio en el que se sustentan es dinámico, por eso están sujetas a la mutación continua e imprevisible.
Efecto mariposa
Antes de Prigogine, el meteorólogo Edward Lorenz había demostrado que un leve cambio en las condiciones iniciales de un sistema complejo puede producir excepcionales transformaciones en su conjunto. Para explicar el fenómeno, pronunció una conferencia en 1972 titulada ‘Previsibilidad: ¿el movimiento de las alas de una mariposa en Brasil desató un tornado en Texas?’, y por eso a esta dinámica sorprendente se la conoce como “efecto mariposa”, pilar de la Teoría del Caos iniciada por Lorenz y después continuada por brillantes científicos entre los que se encuentran Poincaré, Feigenbaum, Mandelbrot o el propio Prigogine. El caos no es desorden, sino un orden complejo e imprevisto, donde los efectos no son proporcionales a las causas y existen ‘‘atractores extraños’’, patrones geométricos hacia donde tiende el sistema en medio de una algarabía de datos aparentemente contradictorios. Hay una lógica dentro del caos, una lógica subyacente, porque el caos no es puro azar ni desorden absoluto, sino orden complejo, emergente, espontáneo y dinámico.
Edgard Morin ha reflexionado profundamente sobre las implicaciones de estos conceptos en el análisis de las relaciones humanas y, a partir de sus trabajos, forjó el Paradigma de la Complejidad, que incorpora buena parte de los principios definidos por las ciencias del caos al estudio de la sociología, la política y la Historia. En este sentido, resulta un ejercicio interesante acercarse a las relaciones internacionales desde esta perspectiva epistemológica que traza puentes entre la cultura científica y la humanística, entre “las ciencias” y “las letras”, con todas las prevenciones necesarias, pero también con todas las puertas abiertas a los sugerentes planteamientos que pueden surgir de esa comunicación.
De acuerdo con ello, podemos interpretar que el “orden internacional” no es un cristal que ahora se haya hecho añicos, sino que aquel orden era una “estructura disipativa” emergida tras 1945 y basada en unas reglas –“el derecho internacional”– muchas veces obviadas en función de intereses concretísimos, así como de la relación entre costes y beneficios que inspira cualquier decisión humana. A veces irrumpía el uso de la fuerza quebrando el derecho (desde Vietnam hasta Afganistán), pero tal fluctuación era contenida porque había un consenso tácito entre los actores para mantener los equilibrios de poder entre las superpotencias.
Estructura disipativa
Las últimas decisiones de Trump, sobre todo las referidas a Irán, han introducido unas intensas fluctuaciones en esa “estructura disipativa” bajo la que cabe interpretar las relaciones internacionales, un sistema complejo cuya evolución imprevista se ve potenciada por la “ilógica trumpiana”. ¿O deberíamos llamarla “lógica caótica trumpiana”? Y es que el “viejo orden” no está dando lugar al desorden, sino al caos a partir del cual emergería un “nuevo orden” donde el “atractor extraño” del comercio internacional no sea el Estrecho de Ormuz, ni siquiera el importante Estrecho de Malaca, sino otro punto especialmente beneficioso para los Estados Unidos, un punto cercano y controlable, uno que Trump viene codiciando cada vez más y que en estos días de fuego sobre Teherán estamos olvidando. Dicho en un titular: el ocaso de Ormuz ilumina Groenlandia. Porque, si las rutas comerciales entre el Índico y el Pacífico quedan comprometidas, ¿acaso no adquiere mayor relevancia las que conectan el hemisferio occidental con el oriental a través del Ártico? Y ahí, Groenlandia es el nuevo Ormuz, el estrecho codiciado, el paso deseado, ese desfiladero por el que se mata o en el que se muere.
A la luz de la Teoría del Caos, podemos considerar la guerra de Irán como un gran MacGuffin trumpiano: «mirad a Ormuz mientras priorizo Groenlandia». Estados Unidos está perdiendo la batalla por la hegemonía del mundo contra China y una prueba de ello es que el centro del planeta está en el Indo y el Pacífico, ése es ahora el eje protagonista en términos energéticos y comerciales, una zona de crucial importancia geoestratégica. Debilitar ese eje supone atenuar la influencia China, y la consecuencia de esta nueva guerra en Oriente Medio puede ser la revalorización del eje Ártico-Atlántico como nueva ruta por la que transite el comercio mundial, sus materias primas y su energía, con Groenlandia como territorio que sirve de paso crucial en esa ruta y que, además, alberga codiciados minerales y combustibles fósiles bajo su suelo.
En 1963, Edward Lorenz representó en una figura tridimensional la evolución del sistema de ecuaciones que había creado para modelizar la convección atmosférica. La figura se parece a una mariposa con sus dos alas desplegadas, aunque realmente se trata de dos remolinos entrelazados, dos espirales conectadas donde las líneas nunca se cruzan consigo mismas, las trayectorias no se repiten y permanecen acotadas a una región del espacio. La “mariposa de Lorenz” es un fractal, como la lógica de Trump, y sus dos “atractores extraños” son Ormuz y Groenlandia.
Alfonso Pinilla es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura
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