Opinión | Tribuna

Médico
Y que siga siendo así
Odiar al turista es odiarte a ti mismo. Un modelo donde somos cómplices y culpables y víctimas. Disparamos con pistolas de agua en la dirección incorrecta y acabamos empapados

Un grupo de turistas en la plaza de Santa María de Cáceres. / EUROPA PRESS
Una charla de ascensor puede ser tan confusa e inesperada como una pelea. Empieza de manera abrupta, dura un instante y recuperas la consciencia cuando aparece el dolor. Por motivos que desconozco, una de ellas se repite con frecuencia en mi vida: ¿Eres de Extremadura, eh? Ay, qué bonita, no me la esperaba así, y qué verde la zona norte, vaya comida y qué gente más amable. Pasamos una noche en el parador de Plasencia de camino a Cádiz.
Solo son frases amables, una lisonja fácil, una conversación rutinaria que busca comunicar un descubrimiento más o menos importante. Nada sabe esa persona sobre los senderos sinuosos por donde van a conducirme sus palabras y cómo despiertan la ancestral inseguridad extremeña. Únicamente ve mis párpados entrecerrándose y convertirse en una fina línea: ¿acaso solo somos una excusa en sus vacaciones? Me recompongo, no tiene la culpa, pero no puedo evitar la injustificada necesidad de demostrarle valía. Sí, es una tierra hermosa, la mejor, y eso que solo has estado una noche. Algo tiembla en mi interior, euforia. Quizá, la próxima vez, podrías ir algún día más. No entiende qué sucede, no podría. Ya, tienes razón, es cierto, nunca se nos ocurre. La charla acaba. Cuece, a fuego lento, dentro de mí, el malestar que nace de actuar en contra de las convicciones.
No me gustaría que Extremadura se convirtiera en un destino turístico de masas. He sido testigo de cómo la cultura vasca, fuerte y admirable, se ha visto diluida entre tiendas de souvenirs, tartas de queso, bisutería barata fluorescente, cafeterías altivas para emprendedores, smash burgers y la melodía de “Despacito” sonando en un acordeón. Es un proceso tosco y torpe, pero, a la vez, sorprendentemente sutil, que deja una sensación similar a la de deambular por el polvo de las ruinas de un edificio abandonado. Señalar al turista es otra forma de odiar al que es diferente, a alguien que, al igual que tú, solo busca una manera de aliviar la insatisfacción con la distracción del movimiento. Odiar al turista es odiarte a ti mismo. Un modelo donde somos cómplices y culpables y víctimas. Disparamos con pistolas de agua en la dirección incorrecta y por eso siempre acabamos empapados.
Ni los adivinos más solventes podrían haber presagiado que todos aquellos estigmas que arrastramos y que castigan nuestras mentes y nuestra tierra tuvieran una parte positiva. De la incapacidad de competir con el turismo de masas, paradójicamente, nacen opciones de viajes sostenibles y, aunque esto no ha sido fruto de una planificación activa, hace posible que en muchos lugares de Extremadura aún se pueda viajar honestamente, sin aglomeraciones, dando y recibiendo respeto, en silencio, sin urgencias, sin elementos culinarios invasores, con la necesidad de tener los ojos abiertos de par en par y sintiendo cómo los detalles vuelven a cobrar importancia.
Quizás esté siendo ingenuo o insensible con otras realidades. Es posible, lo acepto, pero en el fondo, lo que realmente deseo es que nos sucediese lo mismo que a la merluza. Este fascinante pescado, uno de nuestros ejes gastronómicos, en Francia e Italia, es considerado un producto de segunda, de poco valor y sabor inexistente. Cuando hablo con mi suegro sobre este asunto, arruga la frente, se atusa el pelo blanco inmaculado con la palma de la mano hacia atrás y responde tranquilo, como solo alguien que ama algo de verdad puede hacer: Y que siga siendo así.
Gabriel Durán es médico
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