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Opinión | Café Filosófico

¿Es la Virgen María una mujer empoderada?

Cuenten lo que quieran a los niños, pero enséñenles también a pensar sin cuentos

Virgen y 8-M.

Virgen y 8-M. / EL PERIÓDICO

Parece que no se dan cuenta de nada, pero los niños tienen un finísimo olfato para detectar incoherencias y contradicciones. Les desorienta que sus padres les digan justo lo contrario de lo que hacen (que les exijan no mentir mientras ellos lo hacen, que les pidan que compartan sus juguetes mientras ellos se reservan los «suyos», que les prohíban usar el móvil mientras ellos no le quitan ojo…). Y les desconcierta también que en la escuela les digan cosas contrapuestas sin mayor explicación. Los ejemplos abundan. El otro día, en el vestíbulo de un instituto, a los profes (supongo que de Religión Católica) no se les ocurrió otra cosa que exhibir una colección de pasos de palio caseros junto a los carteles reivindicativos del 8M. No sé qué pensarían los niños. ¿Representa la Virgen María a una mujer empoderada y defensora de la igualdad de género? La iconografía mariana es fascinante (serpientes, lunas, puñales, coronas…) y es posible que conserve algo de aquellas poderosas diosas-madre del Neolítico, pero en el cristianismo guarda, en general, un papel secundario (no así en muchas fiestas religiosas sureñas, en las que cobra a veces más importancia que la del propio Cristo). No sé si sus profesores repararon en esto, pero hubiera estado bien comentarlo un rato con los críos. Más que nada para que vayan haciéndose a la idea del abigarrado y confuso mundo al que han venido a caer, los pobres.

Tampoco sé cómo podríamos inculcar al alumnado las más excelsas virtudes democráticas (respeto a los derechos individuales, a las leyes, a la propiedad, a los argumentos, a la palabra dada…), tal como se nos pide, mientras ven a diario a excelsos personajes, modelos de éxito social, saltarse a la torera la ley, invadir y saquear lo que se les antoja o ganar elecciones blandiendo una motosierra. Tampoco parece fácil infundirles el amor por la naturaleza mientras en el aula de al lado se trata de lo divertido que es usar a los animales como blanco (la Federación Extremeña de Caza va regularmente a los colegios, con el beneplácito de la Consejería de Educación, a promover el noble deporte de acorralar y disparar a los animales). Ni es sencillo tampoco animar al alumnado a considerar con objetividad los datos sobre la aportación de la inmigración al PIB o a la Seguridad Social al tiempo que se les somete a campañas de desinformación en las redes…

La pluralidad está muy bien, y es uno de los rasgos de una sociedad avanzada y democrática, pero si todo el volumen de creencias y datos contrapuestos no es proporcional a la formación intelectual y la educación crítica y ética que reciben los chicos, se genera confusión, pasividad y un estado de inopia ideológica que los convierte en víctimas de los discursos más capciosos; aquellos que, socapa de una unidad y coherencia a prueba de razones (el presunto «sentido común»), esconden un ideario totalitario, reaccionario y excluyente. Apreciar la pluralidad no supone asumir que todas las opciones sean igualmente respetables. Y tener principios no es lo mismo que ser dogmático. Entre lo uno y lo otro están la virtud de la razón y el diálogo. Cuenten lo que quieran a los niños, pero enséñenles a la vez a pensar sin cuentos.

Víctor Bermúdez es profesor de Filosofía

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