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Opinión | Encerado y Clarion

Otro Jueves de Pilatos

Poncio Pilatos, el que sabe, pero no actúa, el que prefiere lavarse las manos con la elegancia de quien cree que la neutralidad le absuelve

Poncio Pilatos.

Poncio Pilatos.

Otro Jueves Santo más sin entender la lección, otro Jueves de cera, incienso y procesiones sin reconocer el espejo incómodo que nos coloca delante. Más allá de lo religioso, la lección es un relato profundamente humano, con sus traiciones, miedos, cálculos de poder y silencios que pesan más que las palabras.

Aunque todo empezó mucho antes, aquella última cena no fue solo el prólogo de una tragedia, sino el inicio de una cadena de decisiones muy terrenales. Jesús de Nazaret, el hombre, no cayó por casualidad, sino porque estorbaba. Porque sus mensajes incomodaban más que cualquier discurso político y sus verdades ponían en riesgo tanto el “status quo” romano como el de su propio pueblo. El miedo a su palabra, a una revolución, la de las ideas, que pudiera alterar el orden establecido fue la causa, y el castigo, su crucifixión.

Demasiados Judas, el traidor, que no se conforma ya con treinta monedas. Hoy se vende por un puesto, por una estrategia, por envidias o por celos. No actúa por odio, sino por cálculo. Y quizás ahí radique lo más preocupante, que la traición, cuando se vuelve costumbre, deja de escandalizar y se empieza a justificar.

Demasiados fariseos, esa categoría eterna que sobrevive a los siglos. No son solo los de entonces; son todos aquellos que consideran superioridad moral y la fe, tornada en ideología, en arma arrojadiza. Los que, en nombre de su causa, de su defensa o del ataque al rival, justifican cualquier exceso. Aquellos que cambian túnicas por discursos, pero manteniendo el mismo fundamentalismo.

Y en medio de ese teatro aparece el más reconocible hoy día, Poncio Pilato. El que sabe, pero no actúa, el que observa pero no mira, el que prefiere lavarse las manos con la elegancia de quien cree que la neutralidad le absuelve. Pero como la historia nos ha demostrado, la indiferencia también condena.

Si uno mira alrededor, sin irse demasiado lejos, el guion resulta inquietantemente familiar. Guerras que se justifican con palabras huecas, líderes que negocian con vidas ajenas, sociedades que se mueven entre la indignación de un día y el olvido del siguiente. Judas sigue firmando acuerdos, los fariseos dictando moral y Pilato inaugurando lavabos.

Lo verdaderamente inquietante no es que todo esto ocurra, sino que seguimos sin hacer nada. Como si no lleváramos siglos repitiendo la misma escena con distintos decorados. Como si cada generación creyera que esta vez sí aprenderá algo diferente.

Y, sin embargo, olvidamos el Jueves Santo, pero nos aferramos al Domingo, el de la resurrección, el que se celebra pero nunca llega, el Domingo donde ni la traición, ni el poder, ni las guerras ni la codicia o el odio tengan la última palabra.

Este Jueves Santo, la reflexión es simple, la historia no cambia cuando se repite, sino cuando alguien decide, dejar de lavarse las manos.

Saturnino Acosta es maestro

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