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Opinión | Con permiso de mi padre

El tercer grado de la vergüenza

Y allí está Otegi, incansable, resucitando su papel favorito: el del perseguido

Otegi.

Otegi. / EL PERIÓDICO

Cuesta comprender qué clase de país somos cuando un asesino puede salir de prisión sin arrepentirse, sin pedir perdón y aún así encontrar quien le reciba con flores, pancartas y aplausos. Cuesta, sí, pero lo peor es que ya no nos sorprende. Lo hemos metabolizado. El tercer grado de los presos de ETA ha dejado de escandalizar y eso, precisamente, es lo que debería asustarnos. Hemos dejado de tener vergüenza.

Nos vendieron la transferencia de la política penitenciaria al País Vasco como un gesto de madurez democrática, un paso hacia la reconciliación. En realidad, ha sido una rendición lenta, elegante y burocrática. Lo que se transfirió no fue una competencia: fue la autoridad moral del Estado. Hoy, los que nunca renunciaron del todo a justificar la violencia deciden cuán “reinsertado” está quien un día apretó el gatillo.

Cada excarcelación es un segundo funeral para las víctimas. En algunos pueblos todavía hay familias que bajan la mirada cuando pasan junto a un mural con el rostro del asesino de su hijo. Familias que siguen viviendo aisladas o señaladas. Otros directamente se marcharon, porque vivir entre silencios, pintadas y homenajes disfrazados de cultura no es libertad, es exilio interior.

Y allí está Otegi, incansable, resucitando su papel favorito: el del perseguido. Le basta ponerse cara de víctima para volver al centro del escenario, mientras sus antiguos camaradas recuperan derechos, sueldos y votos. Decir que Otegi es víctima es como decir que el pirómano sufre por el incendio. Pero funciona, porque este país se especializa en invertir los papeles: el criminal se convierte en interlocutor y el muerto en un estorbo para la convivencia. Casualmente, o no, los mismos que aseguran que “ETA es pasado” son los que no pasan un día sin volver a 1936. Porque el pasado, para algunos, sólo se cierra cuando no sirve para acusar al adversario. Con Franco hay negocio político; con ETA, incomodidad. La Guerra Civil sigue siendo una mina ideológica. El terrorismo, en cambio, estropea el relato progresista del país que se perdonó a sí mismo.

Así convivimos: homenajeando verdugos, marginando víctimas y repitiendo que la paz lo justifica todo. Llaman “normalización” a la claudicación, “autonomía” a la impunidad y “memoria” a la censura selectiva. Pero la memoria o es completa, o es mentira. El fracaso no es técnico, es moral. La transferencia penitenciaria no ha traído reconciliación, sino resignación. Y la resignación no es paz: es derrota. España no está reconciliada, está anestesiada. Las víctimas, ésas que, extrañamente, nunca respondieron con odio y continúan esperando justicia, son hoy un incómodo recordatorio de lo que fuimos capaces de soportar sin rompernos. Si alguien aún duda de que estamos desorientados moralmente, que mire cómo tratamos a los asesinos y cómo olvidamos a los muertos. Que compare los aplausos de hoy con los silencios de entonces. Igual ahí entiende que el tercer grado no es sólo penitenciario, es también cívico.

Mercedes Barona es periodista

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