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Opinión | Tribuna

Cambio de hora dos veces al año. El fin del Jet Lag social: ¿Es la media hora el compromiso definitivo?

¿Y si en lugar de saltar una hora, adelantáramos solo 30 minutos la próxima vez y nos quedáramos ahí siempre? Esta medida, aunque salomónica, tiene argumentos sólidos

Relojes.

Relojes. / El Periódico

Cada año, la historia se repite. Llega el último sábado de marzo o de octubre y millones de personas se preparan para el ritual de reconfigurar sus relojes (y sus ritmos biológicos). Lo que comenzó en el siglo XX como una medida de ahorro energético durante las guerras mundiales, se ha convertido hoy en una de las tradiciones más cuestionadas por la ciencia y la ciudadanía. El debate no es menor. Por un lado, los defensores del horario de verano argumentan que las tardes largas fomentan el consumo, el turismo y la actividad física. Por otro, los expertos en cronobiología advierten que el horario de invierno es el más saludable, ya que alinea el amanecer con nuestro reloj interno, evitando el cansancio crónico y problemas cardiovasculares asociados al cambio brusco de hora.

Ante este bloqueo —donde nadie quiere renunciar al sol de tarde, pero nadie quiere vivir permanentemente desfasado— surge una propuesta que gana adeptos por su sentido común: partir la diferencia. La solución de los 30 minutos: ¿El «Santo Grial» del tiempo? ¿Y si en lugar de saltar una hora entera, adelantáramos solo 30 minutos la próxima vez y nos quedáramos ahí para siempre? Esta medida, aunque parece salomónica, tiene argumentos sólidos:

Menor impacto biológico: Un ajuste de media hora es mucho más fácil de asimilar para el cuerpo humano que uno de 60 minutos. El sistema circadiano se adaptaría en apenas uno o dos días, reduciendo los episodios de insomnio y la irritabilidad.

El equilibrio solar: En países con una gran extensión o ubicaciones geográficas complejas (como España), esta «media hora de compromiso» permitiría no tener amaneceres excesivamente tardíos en invierno ni perder demasiada luz en las tardes de verano.

Adiós a la burocracia temporal: Se acabarían las dudas sobre si «se duerme una hora más o una menos» y los desajustes en trenes, aviones y sistemas informáticos que ocurren dos veces al año.

Sin embargo, no todo es tan sencillo como mover la manecilla. El principal obstáculo es la sincronización internacional. La mayoría del mundo funciona con husos horarios de una hora completa respecto al Meridiano de Greenwich (UTC). Adoptar una fracción de 30 minutos (como ya hacen países como India o Irán) complicaría ligeramente las transacciones comerciales y los horarios de aviación internacional.

Aun así, ante la creciente evidencia de que los cambios de hora son perjudiciales para la salud pública, la pregunta ya no es cuándo cambiaremos la hora, sino si tendremos la valentía de buscar un punto medio que nos permita, por fin, descansar en paz.

Carmelo Cascón es Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Extremadura.

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