Opinión | La curiosa impertinente
Gritos de odio
Una no puede entender en modo alguno que se justifiquen gritos de odio en nombre de no sé qué espíritu nacional , yo diría antiespíritu

Aficionados con banderas en el partido de Cornellá. / Efe
El último partido de España en territorio PP, en Cornellá, se llenó de gritos de ¡musulmán el que no bote! y ya se está estudiando el infame desahogo, malicio y dirigido por manipuladores de masas acéfalas, como delito de odio y dicen que nos puede perjudicar como sede del mundial. Yamine se revuelve con razón y dice que nos retrata y deberíamos avergonzarnos.
Una recuerda la historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa y los romances moriscos y cómo, en lugar de avanzar, retrocedemos o progresamos, en fin, hacia el abismo. Y también envidia la maurofilia de entonces, que fue una corriente de nuestra literatura de respeto y fervor por lo musulmán. España es pródiga en ejemplos de tolerancia y convivencia y el mundo debería conocerlos, actualizarlos y respetarlos y no tragarse la Leyenda Negra, ni un poquito, como el otro día hizo nuestro estupendo monarca, que la leyenda es negra y además embustera pero la actualidad sí es vergonzosa.
Una no puede entender en modo alguno que se justifiquen gritos de odio en nombre de no sé qué espíritu nacional , yo diría antiespíritu. He leído atónita que hay quienes lo comprenden y lo jalean por compensación, porque se pita el himno y se abuchea al rey en los estadios, pero de todos es conocido que quienes esos comportamientos salvajes exhiben no son musulmanes y en cambio sí cuentan entre sus líderes con dirigentes muy católicos como Oriol Junqueras o votan a partidos como el PNV de abierta inspiración cristiana, al menos de nombre.
Ahora que culmina la Semana Santa, cuando el domingo de Pascua significa para los cristianos el triunfo de quien dio su vida por amor, en este mundo de odio agitado en gran medida por quienes toman el nombre de un Dios que es solo amor en vano, es hora de denunciar la hipocresía de los fariseos que convierten unas creencias legítimas y sagradas en lo más contrario a lo que significan.
Carmen Martínez Fortún es profesora
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