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Opinión | Trazos y travesías

La culpa de los docentes

Hay que ser valiente —y parece que insensato— para hacerse cargo de adolescentes que cada vez respetan menos nuestro rol fuera y dentro de los límites físicos del centro

Un docente en un aula.

Un docente en un aula.

No puedo dejar de pensar en mis dos compañeros de gremio condenados por la muerte de un estudiante en un viaje de estudios a Bélgica, desamparados por un sistema que tiene abandonados a sus profesionales y al alumnado mismo.

Hay que ser valiente —y parece que insensato— para hacerse cargo de adolescentes que cada vez respetan menos nuestro rol fuera y dentro de los límites físicos del centro. En estos nueve cursos ejerciendo en las aulas extremeñas he acompañado a cientos de estudiantes menores de edad a practicar vela, orientación en campo abierto, patinaje, cine, escape-rooms en ciudades al aire libre, bajadas a minas, escapadas de un día a Lisboa y de casi una semana a Roma y Florencia. Autobuses, aviones, rutas a pie, momentos preciosos y problemas sobrevenidos, muchos problemas.

Ahora recuerdo poco o nada de lo que vi, pero no se van de mi memoria los nervios, la fatiga de no dormir durante días. La rutina en forma de paracetamol y recuento constante: gestión de pasajes y carnés de identidad, el bolso de las medicinas, la lista de alimentos a evitar, los trámites en la embajada por pérdidas y robo. Tampoco olvido a los taxistas que nos estafaron, a los dos alumnos vomitando en el asiento de atrás, al que deliraba de fiebre, o a la típica niña maleducada y aliadas generando discordia, tirando por tierra todo el disfrute grupal y la dedicación de tres docentes que estuvieron preparándoles su viaje fin de etapa desde meses antes de haber aceptado acompañarles.

Nadie nos da un duro por este trabajo de veinticuatro horas durante días, salvo algo irrisorio para costear la dieta. Si por cada treinta y pico alumnos podemos ser asignados tres o cuatro profesores será fruto de un milagro o nos habrá costado pelearnos con la administración, que como no pone el cuerpo, porque pareciera que no es nadie concreto, no sabe los peligros y azares que las actividades complementarias conllevan nada más poner un pie fuera del instituto.

Detrás queda nuestra propia familia, trabajo organizado para la ausencia con el resto de grupos, y el que nos aguarda acumulado para la vuelta. Cuando bajamos del autobús de regreso, pocos son los padres que se acercan a dar un simple gracias o a preguntar qué tal ha ido. Orgullosos por la gesta, pero también un poco decepcionados, recogemos nuestro cansancio y las llaves del coche aparcado días atrás, antes de que la alarma de la mañana nos devuelva a las aulas vacías y la pantalla con un mensaje que se repite para justificar las faltas: vienen agotados.

Sé cómo habría actuado de ser uno de esos dos profesores acompañantes, porque ya me tocó sortear una situación similar con alumnos enfermos. De todos modos, desde la distancia no se razona igual que ante la urgencia del momento: qué madre o padre no deja al hijo descansando en casa cuando está enfermo y se va al trabajo. ¿Es una irresponsabilidad hacerlo?, ¿en qué medida está en nuestras manos poder actuar distinto sin faltar al deber laboral?

A lo mejor este desastre podría servir para reflexionar sobre la falta de agencia que tenemos, tanto familias como docentes, para subvertir el poco interés que despiertan los cuidados en las administraciones públicas y los entornos de trabajo. No nos cansaremos de reclamar más personal, la inversión en apoyos no solo merece la pena; es una urgencia. Las actividades voluntarias que realizamos los profesores ojalá así lo sean y no monedas de cambioen forma de puntos extra que canjear por derechos laborales o mejoras en las condiciones de la precaria situación docente.

Sheila Albalate es docente de Idiomas y técnica de Igualdad

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