Opinión | Tribuna

Médico
Balas a dos euros
Las afluencias de turistas eran espasmódicas; los veía llegar, ojear emocionados los carteles, discutir sobre las ventajas de cada arma, pagar y ponerse a la cola

Armas. / EUROPA PRESS
Allí estaba yo, en un microbús, de Ho Chi Minh a Cu Chi, por el mismo motivo que provoca todas nuestras desgracias: la incapacidad de permanecer tranquilamente en una habitación. Una excursión para conocer los túneles del Viet Cong. Nuestro guía parecía y se movía como un adolescente, pero decía frases con la firmeza de un hombre que había visto cosas y cuyas manos habían tocado la adversidad. Mientras hablaba, me hizo sentir insignificante y escondí las mías entre las piernas. Antes de llegar a Cu Chi, teníamos una parada programada en un campo de tiro. Nos detuvimos en los márgenes de una carretera sin salida. En cualquier dirección, la tierra era roja y estaba horadada con socavones de tamaños variables. La maleza había empezado a cubrir aquellas cicatrices.
Bajamos por unas escaleras que conducían a un túnel subterráneo de piedra decorado con murales de frondosa vegetación, campos de arroz amarillentos en época de recogida y el cielo surcado por cúmulos colosales. Una plancha de policarbonato azulada protegía del sol la distancia entre el final del túnel y la entrada de la oficina. Filtraba la luz y confería al momento un aura celestial, la extensión del mural al entorno. El edificio era de una sola planta. El interior desvencijado, el suelo de baldosas blancas agrietado y un mobiliario aleatorio cuyo propósito inicial no había sido acabar en ese lugar. La luz artificial de los fluorescentes se proyectaba sobre las paredes del color de la carne madura de una melona. HabÍamos pasado del cielo a la sala de espera de un autolavado. Varios carteles con los precios. AK-47/RPD machine gun - una bala - 75.000 VND. Carabina - una bala - 60.000 VND. Tras un escritorio, un hombre de mediana edad, vestido de verde revolución, aceptaba dinero en efectivo.
No quería disparar, pero sentía una curiosidad mórbida por escuchar el sonido y por ello esperaba sentado. Las afluencias de turistas eran espasmódicas; los veía llegar, ojear emocionados los carteles, discutir sobre las ventajas de cada arma, pagar y ponerse a la cola. Después de esto, había muchos minutos en los que nadie hacía nada. Los tiradores esperaban, yo observaba y el hombre tras el escritorio se levantaba al baño. Su curtida piel, su complexión chata y fuerte, su ausencia de vello corporal, el dobladillo ajado de sus pantalones y sus pies descalzos con una fina capa de polvo blanco. La tranquilidad de movimientos, el aire reflexivo, la mirada curiosa. Y sin embargo, cuando interactuaba con algún compañero, su comportamiento era casi infantil.
De repente, el primer disparo. La explosión amplificada por la estancia semivacía. Silencio absoluto. Los rostros contenidos, contraídos, ojos mirando al vacío. El sonido brutal e intimidante, que desenrollaba cada doble hélice de ADN y extraía los ecos de una violencia transmitida desde el principio de los tiempos: la parálisis de la presa ante un peligro inminente, las noches arcaicas en cuevas oscuras con los grandes felinos al acecho, el crujido seco de un fémur fracturándose por el impacto de una tosca arma de piedra, el entrechocar de espadas de acero templado, las sirenas antiaéreas, el impacto de una bomba, la tierra amputada golpeando los cascos y las carrocerías de los coches, los gritos, los llantos, los charcos de sangre.
Más disparos. Varias ráfagas aterradoras. El olor acre que saturaba el recinto. La práctica de tiro había acabado. Cada guía llamaba a su rebaño. Al salir de la oficina, regresamos al azul celestial, en la parte del mural dibujado sobre el frontal del túnel, entre el cielo y las nubes, una paloma blanca sujetaba una rama de olivo. Una paloma de la paz.
Gabriel Durán es médico
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