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Opinión | Desde el umbral

Perspectiva

Los testimonios de los tripulantes del Artemis II ponen de manifiesto que, a veces, tenemos que tomar distancia para darnos cuenta de lo hermoso que es eso que tenemos, cada día, al alcance de nuestros sentidos y consciencia

Tripulantes del Artemis.

Tripulantes del Artemis. / EL PERIÓDICO

Leía estos días algunas de las declaraciones de los cuatro tripulantes del Artemis II sobre su experiencia espacial, y creo que lo más revelador de ellas podemos encontrarlo en las valoraciones de los astronautas sobre lo cautivador y emocionante que les resultó el poder contemplar todo nuestro planeta luciendo esplendoroso en esa inmensa oscuridad y ese abrumador silencio del cosmos. Fíjense, que no se pusieron a hablar de la luna, de su cara conocida o su cara oculta, sino de la Tierra, justo del lugar del que despegaron y del que son originarios.

Estos testimonios vienen, de algún modo, a poner de manifiesto que, a veces, tenemos que tomar distancia para darnos cuenta de lo hermoso y maravilloso que es eso que tenemos, cada día, al alcance de nuestros sentidos y consciencia.

Y hablamos de lo físico, evidentemente, pero, también, de lo menos asible o palpable, de aquello que es más etéreo. Porque, con el ritmo trepidante de la vida, y esas mil millones de distracciones que nos sobrevuelan, no reparamos lo suficiente en lo extraordinario de lo ordinario, en lo verdaderamente excepcional de lo cotidiano, ni en el valor de lo más próximo o cercano. A menudo, hasta los más conscientes se pierden en el devenir de los días, en las preocupaciones diarias y en necesidades propias y auténticas, impuestas o generadas artificialmente. Y, a no ser que el día a día conceda un respiro, o que, por contra, la vida embista con fuerza, parece que no logramos resituarnos en el hoy, en el ahora y en el aquí.

Quizá deberíamos tener más presente la importancia de tomar perspectiva, y fletar cada jornada un cohete imaginario que nos permita aclarar la mirada, percibir lo sustancial y no dejarnos distraer con lo accesorio, lo poco trascendente o lo carente de importancia real. Porque, aunque parezca contradictorio, con frecuencia hay que verlo todo pequeñito y desde lejos para percibir su auténtica grandeza e importancia. Solo unos pocos han tenido o tendrán el privilegio de contemplar la Tierra en su inmensidad a vista de pájaro, de subir a la Orion y participar en una misión espacial.

Pero todos podemos dar dos pasos hacia atrás para observar la realidad que acontece o en la que navegamos, para mirar la belleza genuina de lo que nos rodea, para deleitarnos escuchando con atención, para comprender mejor, para no juzgar tan a la ligera y para no perder eso que nunca podrá recuperarse: el tiempo transcurrido, las horas que ya pasaron y los momentos que no vivimos en plenitud o que nos perdimos por la distorsión que genera el ruido mental o ambiental.

Antonio Galván González es diplomado en Magisterio

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