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Opinión | Encerado y Clarión

Docentes de primera jubilación y de segunda jubilación

Juan, el mayor, funcionarialmente hablando, puede plantearse retirarse a los 60 años con 30 de servicio, 35 si quiere la máxima. Pedro, el pequeño, deberá mirar el calendario con otros ojos u ojeras, 66, 67 o ya veremos qué dice la siguiente reforma

Una docente en un aula durante una clase.

Una docente en un aula durante una clase.

Pongamos dos gemelos, y que ambos deciden ser docentes. Mismo entusiasmo, mismo sacrificio, mismas horas de estudio. Imaginemos que uno de ellos, llamémosle Juan, aprueba y es funcionario de carrera en 2010. Su hermano Pedro, un año más tarde, en 2011. Juan entra en el régimen de Clases Pasivas. Pedro, en el Régimen General de la Seguridad Social. Y aquí empieza la tragicomedia.

Mismo destino, un centro cualquiera, con su timbre implacable y su claustro eterno. Durante años, ambos comparten aulas, guardias, recreos vigilados y reuniones. Corrigen los mismos exámenes y soportan la incomprensible burocracia. Si uno enferma, el otro le cubre. Dos docentes, una misma realidad, casi gemela. Pero llega el momento de hablar de jubilación, y entonces el espejo se rompe.

Juan, el mayor, funcionarialmente hablando, puede plantearse retirarse a los 60 años con 30 de servicio, 35 si quiere la máxima. Pedro, el “pequeño”, deberá mirar el calendario con otros ojos u ojeras, 66, 67 o ya veremos qué dice la siguiente reforma. Juan calcula su pensión con un sistema que reconoce su grupo funcionarial y su trayectoria. Pedro entra en la aritmética de los últimos 25 años cotizados, coeficientes reductores, etcétera.

Es decir, mismo alumnado, programaciones imposibles que se corrigen de madrugada, ratios infladas que no caben en ningún cuaderno, pero sí en la conciencia. Mismo desgaste de voz, mismo cansancio acumulado en evaluaciones y reuniones interminables, y, sin embargo, distinto desenlace.

Mientras uno empieza a reconocerse fuera del aula, a recuperar su tiempo, su nombre sin horarios, su vida sin timbres, el otro sigue dentro, sosteniendo lo mismo con un cuerpo que ya no responde igual. Uno vuelve a ser persona, el otro sigue siendo recurso, y así lo que la naturaleza unió, función pública separó.

La ironía se escribe sola, mientras el sistema de Clases Pasivas reconoce la singularidad del servicio público y sus condiciones, desgaste emocional, carga burocrática, responsabilidad constante, el Régimen General aplica la lógica contributiva pura, como si la docencia fuera ensamblar tornillos en una cadena de montaje.

Y, por si fuera poco, mientras los docentes de la enseñanza concertada en algunas comunidades, pueden empezar a vislumbrar fórmulas de salida más humanas, aunque no fueran las debidas, como la jubilación parcial habilitada tras la entrada en vigor del RDL 11/2024, de 23 de diciembre, los docentes de la escuela pública ni siquiera tienen acceso a ese horizonte. Ni relevo, ni transición, ni respiro: solo la edad de jubilación moviéndose un poco más lejos cada vez.

Traducido, dos docentes con trayectorias paralelas pueden acabar de manera muy distinta. Una ecuación que en cualquier examen se suspendería por incoherente.

Quizás el problema no sea técnico, sino narrativo, aceptando que haya docentes de primera y de segunda jubilación. Quizás el problema sea que hemos confundido “reforma” con “resignación” y “esto es lo que hay”, sin plantearnos“si esto es lo que debieraser”.

Quizás la historia de Juan y Pedro no sea una anécdota, sino una metáfora con nómina de una injusticia, la de un sistema educativo que predica la equidad y que no debierapermitirse dar estas lecciones prácticas de desigualdad.

Saturnino Acosta es vicepresidente de ANPE Extremadura

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