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Opinión | Con permiso de mi padre

Manual breve para desviar un país

"Se habló de protocolos, de contagios, de posibles consecuencias. Se habló con intensidad, con ansiedad incluso. Mientras tanto, otras noticias empezaron a perder volumen"

El crucero 'MV Hondius' en el puerto de Granadilla.

El crucero 'MV Hondius' en el puerto de Granadilla. / Europa Press Canarias - Europa Press

En este país hay mecanismos que funcionan con una precisión admirable. Uno de ellos es la capacidad para hacernos mirar hacia otro lado exactamente cuando conviene.

Sucede con una sincronía casi perfecta. Cuando ciertas palabras empiezan a repetirse demasiado —corrupción, favores, enchufes, excesos—, cuando algunas noticias comienzan a acercarse peligrosamente a determinados despachos, aparece de pronto una urgencia nueva. Algo capaz de desplazar el foco con la eficacia de un golpe de viento.

Y entonces llegó el barco.

Un barco enfermo, rodeado de incertidumbre y con todos los ingredientes necesarios para alimentar titulares durante días. Había riesgo, había imágenes y había, sobre todo, ese componente de amenaza difusa que tan bien activa el mecanismo más antiguo de cualquier sociedad: el miedo.

A partir de ahí, la conversación cambió sola.

Se habló de protocolos, de contagios, de posibles consecuencias. Se habló con intensidad, con ansiedad incluso. Mientras tanto, otras noticias empezaron a perder volumen. No desaparecieron; simplemente dejaron de ocupar el centro de la escena. Pasaron a ese discreto segundo plano donde las cosas parecen menos graves sólo porque ya no interrumpen la sobremesa.

La televisión hizo el resto. Planos repetidos hasta el agotamiento, conexiones urgentes, expertos entrando y saliendo de pantalla, gráficos, mapas, advertencias. La sensación de amenaza constante tiene algo hipnótico: impide pensar en más de una cosa al mismo tiempo. Y eso, para cualquier poder acosado por el desgaste, siempre resulta extraordinariamente útil.

Quizá lo más inquietante no sea la estrategia, sino nuestra facilidad para participar en ella.

Porque nadie obliga a nadie a dejar de hablar de nada. Simplemente cambiamos de tema; lo hacemos con naturalidad, casi con alivio. Lo urgente desplaza a lo importante y, cuando queremos volver atrás, la atención pública ya está en otra parte. Es un fenómeno viejo: el miedo simplifica el mundo, ordena prioridades, reduce preguntas, acorta la memoria. Primero protegerse; después, si queda espacio, pensar. Y casi nunca queda demasiado espacio.

Así es como ciertas obscenidades acaban normalizándose. No hacen falta censuras ni prohibiciones cuando se dispone de algo mucho más útil: miedo, saturación y una maquinaria política perfectamente entrenada para administrar la atención pública. Cientos de asesores pagados con dinero público se emplean cada día en una tarea esencial para la supervivencia del poder: conseguir que la ciudadanía mire el incendio equivocado mientras en los despachos se enfrían otras preguntas bastante más peligrosas.

Y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, vamos aceptando lo inaceptable con una docilidad asombrosa. Escándalos que hace apenas unos años habrían provocado dimisiones inmediatas hoy sobreviven varios ciclos informativos hasta quedar enterrados bajo la siguiente alarma colectiva. Todo se consume demasiado rápido. También la indignación.

El poder ha entendido algo esencial: en una sociedad agotada y saturada de estímulos ya no hace falta ocultar la verdad. Basta con ahogarla bajo suficiente ruido.

El barco, al final, no dejaba de ser un barco.

Lo verdaderamente interesante seguía ocurriendo en tierra firme.

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