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Opinión

¡Había una vez… un circo!

El equilibrista es Sánchez, el domador es Cerdán y el mago es Zapatero, que nos tenía a todos engañados haciéndose pasar por un pobre socialista

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia este miércoles desde el Vaticano tras su audiciencia con el Papa León XIV.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia este miércoles desde el Vaticano tras su audiciencia con el Papa León XIV. / Fabio Frustaci / ZUMA PRESS

¿Se acuerdan, cuando éramos pequeños, de los circos ambulantes que se instalaban los veranos a las afueras de las ciudades? Los tiempos han cambiado y los circos también. Ya no tienes que esperar a las vacaciones ni tienes que desplazarte para ver el espectáculo. Lamentablemente, vivimos inmersos en el patético espectáculo que cada día nos sacude y nos recuerda la oscura realidad del Gobierno que tenemos en España.

Este circo, ‘El circo de Sánchez’, también tiene de todo: el equilibrista principal es Pedro Sánchez, que cada día hace malabares en la cuerda floja y sin red para mantenerse en el Gobierno y esquivar las demandas que le esperan; el domador de fieras es Cerdán, que ha sacado el látigo para controlar a los jueces y policías que osaban investigar en las cloacas del partido; el mago es Zapatero, que nos tenía a todos engañados haciéndose pasar por un pobre socialista, y miren lo que tenía en la caja fuerte… y los payasos, ya se imaginan quiénes son ¿verdad? Sí, esos en los que está pensando, los de Soto del Real.

El circo de Sánchez se supera cada día por ofrecer un número mejor al anterior. Cuando creíamos haberlo visto todo, llega el más difícil todavía: la UCO registrando la sede de Ferraz durante 12 horas y agentes entrando incluso en dependencias de la Guardia Civil, en un escenario inédito en nuestra democracia reciente.

Y mientras tanto, la pregunta es inevitable: ¿qué será lo próximo? La situación ha dejado de ser anecdótica para convertirse en estructural. Hablamos ya de decenas de personas del entorno del presidente implicadas en investigaciones judiciales, de instituciones bajo sospecha y de un clima de desconfianza creciente. No es un episodio aislado; es un deterioro progresivo.

Lo verdaderamente preocupante no es solo la acumulación de escándalos, sino la respuesta del Gobierno: resistir a toda costa. Un presidente enrocado, más centrado en su supervivencia política que en la salud democrática del país. La imagen es clara: un liderazgo que, como Nerón, parece ajeno al incendio que se extiende a su alrededor mientras intenta seguir tocando la lira.

Pero en democracia, el silencio también habla. Y hoy, dentro del Partido Socialista, el silencio es ensordecedor. Nadie levanta la voz, nadie exige responsabilidades, nadie plantea una salida. Y conviene recordarlo: el silencio no es neutralidad, es complicidad.

Cuando la sede de un partido en el Gobierno es registrada, cuando órganos clave del Estado se ven salpicados por investigaciones, cuando el entorno del presidente se sienta en los banquillos, el problema deja de ser partidista para convertirse en institucional. Es la credibilidad del sistema la que está en juego.

España necesita recuperar la confianza en sus instituciones. Necesita transparencia, responsabilidad y, sobre todo, respeto por los ciudadanos. Y eso, hoy por hoy, solo pasa por una decisión: devolver la voz a los españoles.

Porque en democracia, cuando la situación se vuelve insostenible, el único camino digno es convocar elecciones.

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