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Opinión

Subasta en el centro

Hay momentos en los que dejarse llevar es un alivio, y tras unos días de productividad enfermiza, necesitaba derrochar el tiempo con algún plan extravagante: una subasta organizada en una céntrica calle de la ciudad.

De camino, imaginaba una sala regia con una alfombra persa desgastada, filas de sillas de madera con un pasillo en medio, paletas redondeadas con un número, un subastador con una voz profunda y grave y una nuez prominente que subiese y bajase en las pausas para tragar saliva.

Llegué al lugar indicado y había una cola de individuos sin nada en común y que previamente solo podrían haber coincidido en un supermercado o en un partido infantil de baloncesto. Creía haberme equivocado hasta que salió un hombre y dijo: venga, vamos a ello. Avanzamos en respetuosa fila por un portal anodino y unas escaleras ordinarias. La entrada daba a un recibidor y el funcionamiento era simple. Los objetos propios de cada habitación estaban expuestos y marcados con el precio. La única premisa era cogerlo primero.

A las personas que recorríamos las estancias nos distinguía nuestro comportamiento en tres grupos. Los neófitos, de movimientos rápidos y nerviosos, monosilábicos, abrumados por la cantidad de información. Los expertos, relajados, con la necesidad premeditada, el ojo experto: estos cojines son maravillosos; lo que suelo hacer es cambiar el relleno y lavar la funda. Son materiales difíciles de encontrar hoy en día. El tercer grupo, el de la nostalgia, eran personas que no deseaban nada y solo iban a recordar la apariencia del mundo antes de que todo cambiase.

Como neófito, la inquietud de perder una oportunidad se apoderó de mi y recorrí veloz las habitaciones; miré, toqué y vuelta a empezar, pero ni la distribución de la casa ni los elementos se adherían a mí memoria, como si una bruma se interpusieses entre mis ojos y mi hipocampo.

Únicamente recuerdo un paragüero de piel de ciervo con una pezuña adherida en un lateral, una freidora de aceite, una figurita de cristal con la forma de un lápiz, unos esquís y un mueble de pared para colgar corbatas. Regresé al recibidor donde un hombre de mediana edad con sobrepeso, rellenaba impolutos albaranes y cobraba en efectivo o con tarjeta.

En la calle, el peso de la bolsa con la compra no causaba gozo, solo desasosiego. Varias ideas parásitas irrumpieron en mi mente. La viuda de la casa había muerto. Dejaba en este mundo un cuerpo inerte y algunos recuerdos depositados sobre los objetos acumulados a lo largo de toda una vida. Al comprarlos, el vínculo se rompía y lo único que quedaba en la tierra de aquella mujer desaparecería. La otra idea que me perturbaba era si los familiares habrían estado presentes durante la subasta y si podría haberme cruzado con alguno. Para mí sería imposible soportar ver las posesiones de algún familiar toqueteadas por desconocidos y sometidas a un ritual tan banal y hereje.

En los días siguientes, la bandeja con asas y la espátula de acero inoxidable se integraron sin estridencias en los quehaceres diarios de una cocina. Sin embargo, el tercer objeto reposaba desde su llegada en un estante, destacando por los mismos motivos que me hicieron comprarla: inutilidad y anonimato. Una pequeña cajita ovalada de resina color burdeos con el interior forrado de terciopelo. Una mañana, sin poder aguantar más, la sostuve entre mis manos y la examiné con detalle; la tapa estaba decorada con un ramo de rosas de peltre. Pasé el dedo índice por el relieve y me di cuenta de que algunas rosas habían florecido y otras permanecían en su capullo. No había ninguna marchita.

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