Opinión | Miel, Limón & Vinagre
Raúl Castro, la prosa de la revolución

Raúl Castro.
Raúl Castro fue el creador del espinazo de la Revolución Cubana, que han sido siempre las Fuerzas Armadas y la Seguridad del Estado. Antes de asumir todo el poder fue ministro de Defensa durante casi medio siglo ininterrumpido. Nacido en 1931, sus comienzos revolucionarios son muy conocidos. Estuvo en el asalto al Cuartel Moncada. Vivió el exilio en México. Fue integrante de la expedición del yate Gramma. Luchó en Sierra Maestra y dirigió con frialdad y ocasional sentido del humor fusilamientos de individuos y grupos, incluyendo la Masacre de la Loma de San Juan.
Más adelante se encargaría —en el sentido más fulminante del término— de los infelices comunistas que se negaron a ser desplazados por los castristas en el Partido Comunista de Cuba. Dios no ayuda siempre al buen marista. Solo tras la muerte del Che Guevara en Bolivia quedó claro que el segundo del régimen sería Raúl. Sin él, la permanencia de su hermano Fidel es casi inimaginable.
Circula cierta leyenda según la cual Fidel era el poeta de la revolución y, al mismo tiempo, el inmovilista desconfiado, mientras Raúl era la prosa burocrática y cuartelera, pero también un dirigente más flexible y, llegado el caso, incluso más reformista. En la década los sesenta y los setenta toda la razón y la fuerza estaban a lado de Fidel. Pero la revolución se estancaba y el nivel de vida no subía y las zafras azucareras decepcionaban. Menos mal que estaban los soviéticos.
Cumplido los fastos de los treinta años de la revolución, desde hacía mucho Raúl Castro se había resignado a su destino: ejercer silenciosamente como la sombra de su hermano. El Comandante Supremo confiaba en él y se limitaba a señalar los objetivos para las fuerzas armadas y para los servicios de Seguridad del Estado.
Hacia 1990 se crea el Grupo de Turismo Gaviota SA, incorporado a GAESA, el conglomerado de empresas públicas dependiente de las Fuerzas Armadas. Otros sonríen ante semejante tesis porque, a su juicio, Fidel y Raúl coincidían plenamente en que el verdadero control de la actividad económica estaba en el Ministerio de Defensa.
En 1989 se detiene, se procesa y se fusila a Arnaldo Ochoa, condecoradísimo general, héroe de la patria socialista y amigo íntimo de Raúl Castro. Ochoa gozaba del respeto de la oficialidad y hablaba sin pelos en la lengua, expresando su cada vez mayor desacuerdo, incluso frente al ministro. El Comandante en jefe se enteró, estalló en cólera y exigió que Ochoa –y algunos mandos y oficiales más– fueran detenidos, acusados y procesados. Se denominó la Causa 1 y todavía puede disfrutarse de esa basura estalinista en YouTube. Ochoa terminó confesando para evitar cualquier venganza contra sus hijos. Fidel olía la muerte y quería la muerte. «¿Para que se salven los valores que defendemos basta una condena de cárcel?», le preguntó el líder al jurado antes de emitir la pena máxima. Ochoa fue fusilado al amanecer y al día siguiente Raúl leyó un discurso, revisado y autorizado por su hermano, con lágrimas en los ojos y temblando. Ese discurso no puede ser visto en YouTube. Ha desaparecido.
El bloque del socialismo real desaparecía y la Unión Soviética de derrumbaba. Con las promesas del turismo, los créditos blandos chinos y las remesas de los cubanos en Estados Unidos, el socialismo castrista creyó poder sobrevivir. Cuba se convirtió en un parque temático de la revolución y lo peor fue la llegada de Hugo Chávez y el petróleo semigratuito. Las expectativas se eternizaron. Una noche de octubre de 2004, en un acto público, Fidel Castro tropezó y cayó al suelo. Pasó por varios periodos de recuperación, pero en 2006 fue operado a resultas de un sangrado estomacal, y ya jamás pudo ejercer sus responsabilidades. El poder político y militar absoluto pasó a Raúl. El supuesto reformista reprimido comenzó a implementar medidas. El nuevo (ejem) gobierno anunció la «actualización» del modelo económico. No funcionó del todo, no funcionó bien. Llevaba más de un lustro que te entregaran una finca, las autorización se ralentizaban por una burocracia torpe y gandula, la inversión extranjera se demoraba pagando coimas y, sobre todo, no había capital circulante y resultaba imposible acumular y reinvertir beneficios.
Cuando después de doce años entregó el poder a un estólido Díaz Canel, lo que hacía era cerrar cualquier cambio estructural. Tiene 94 años, es apenas un montoncito de huesos y solo mantiene un escaño en la Asamblea Nacional. Un tribunal yanki quiere procesarlo, pero Raúl Castro puede dormir tranquilo, si es que aún duerme. Por si acaso, dicen que sobre la mesilla de noche tiene un revólver para que, llegado el caso, lo libre de todo mal.
Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas
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