Opinión | Café filosófico
Violencia sin complejos
No olvidemos lo rápido que puede ser el paso del tabú a la normalización de la violencia

El centro de Valencia, completamente desbordado por la manifestación de profesores de la educación pública, valenciana, en huelga indefinida desde este lunes. Más de 35.000 personas, según Delegación del Gobierno VLC / JM LOPEZ / LEV
Quiero recordar que durante un breve periodo histórico la violencia llego a convertirse en Occidente en una especie de tabú. No es que no existiera – estábamos en plena guerra fría –, sino que estaba mal vista. Era paradójico, pero bajo la sombra apocalíptica de los misiles nucleares se desarrollaron como nunca las instituciones mundiales, el derecho internacional, la alternancia civilizada entre socialdemócratas y liberales, la universalización de los derechos civiles (¡había que subrayar la diferencia con el enemigo soviético!), el pacifismo, las nuevas maneras en la pedagogía, la libertad sexual … Era la época en que la violencia se censuraba públicamente (aunque no siempre en el ámbito privado), en que se dejó de golpear a los niños en las escuelas, en que los «bobbies» ingleses se paseaban (creo que milagrosamente aún lo hacen) desarmados por las calles de Londres, en que los grandes partidos de fútbol se controlaban con unos cientos de policías (en la última final en París se desplegaron inútilmente más de treinta mil), y en la que se podía dormir en cualquier calle o estación de ferrocarril europea – yo lo he hecho cuando era un joven mochilero – con una completa sensación de seguridad…
Muchos, educados durante esa época excepcional, aún nos escandalizamos cuando un policía tira brutalmente al suelo a una maestra que se manifiesta pacíficamente, como ha ocurrido estos días en Valencia. ¿Pero cuánto más vamos a resistir? Las actitudes violentas están cada vez más extendidas y normalizadas. Lo podemos ver en el comportamiento de algunos líderes occidentales, en sus insultos y amenazas públicas, en su uso unilateral de la fuerza, en el genocidio de la población civil, en la práctica sin disimulos del crimen de Estado, o en la promoción de cuerpos parapoliciales – como el ICE en EE. UU – capaces de asesinar en mitad de la calle a personas desarmadas… Pero también lo notamos en nuestro modo de hablar y comunicarnos (especialmente en Internet), en la sustitución del diálogo por el espectáculo del combate retórico, en el «scroll» infinito de imágenes violentas, en la polarización y el odio visceral al oponente político, en la violencia contra las mujeres o en la exhibición de chulería e incivismo de hordas movidas por emociones identitarias, o por una especie de «neocasticismoanti-woke», decididas a poner firmes a minorías, mujeres poco sumisas, inmigrantes o ancianos desahuciables (que nos hayamos acostumbrado a ver a empresas de matones «desocupas» acosando a la gente es todo un síntoma de lo que digo) … No olvidemos lo espantosamente rápido y banal que puede ser el paso del tabú a la vulgarización de la violencia, del pedir a alguien que se aparte a empujarlo contra el suelo, del dar los buenos días al vecino que piensa distinto a pegarle un tiro en la nuca… A muy poco que le echemos un ojo a nuestra historia reciente deberíamos estar más que avisados.
Por ello, no solo hay que volver a censurar todo ejercicio de violencia física, pública o privada, sino formar a los únicos a los que hemos concedido la potestad de usarla, esto es, a los profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado, para que la empleen de modo exquisitamente escrupuloso; formación que compete, y mucho, a la educación pública que defendía la maestra estrellada contra el suelo por un agente que, obviamente, no estaba preparado para desempeñar su función.
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