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Opinión | Encerado y clarión

Dejad que los niños se acerquen… al centro

Decía Groucho Marx que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocado

Escolares en un colegio.

Escolares en un colegio. / EL PERIÓDICO

En el famoso pasaje bíblico, Jesús reprendía a sus discípulos por apartar a los más pequeños: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos”.

Hombre, pues sí. El problema viene cuando llega el verano y terminan las clases. Algunos seremos santos, o muchos, se lo aseguro, lo que no somos es Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo a la vez, por muy cielo de niño que cada uno considere que tiene.

Como cada año, la primera ocurrencia de algunos progenitores es criticar que los docentes no permanezcan en el aula hasta que ellos comiencen sus vacaciones. La conciliación de la vida laboral y familiar es una necesidad, sin duda, pero también lo es la leyenda urbana de que dicha conciliación depende de los centros educativos y de los docentes. Y ahí empieza la segunda leyenda urbana, la de los tres meses de vacaciones, donde dejamos de ser hijo de Dios para convertirnos, según algunos, en hijo de la Magdalena de Sabina.

La culpa no es solo de las familias trabajadoras. También es de quienes han convertido los centros educativos en la solución universal para todo aquello que las distintas administraciones no saben, no pueden o no quieren resolver.

Decía Groucho Marx que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados. No sé si pensaba en la educación, pero cada mes de junio su frase adquiere una vigencia admirable.

Las clases terminan el mismo día que figuraba en el calendario desde hacía meses. Las familias lo saben, los centros lo saben, los ayuntamientos lo saben y, probablemente, hasta Toby, el perro de la familia, lo sospechaba. Sin embargo, llega el último día lectivo y se produce una revelación colectiva, los niños siguen existiendo por las mañanas.

La conciliación es un problema real. Nadie lo discute. Lo discutible es convertirlo automáticamente en un problema educativo. Los centros tienen una función esencial: educar. Sin embargo, hemos desarrollado la costumbre de atribuirles una capacidad casi ilimitada. Si hay problemas de convivencia, «la escuela». Si faltan hábitos saludables, «la escuela». Si aparecen dificultades emocionales, «la escuela». Si no sabemos dónde dejar a los niños en verano, «más escuela».

Quizá el verdadero debate consista en preguntarnos por qué seguimos intentando resolver desde la educación lo que corresponde resolver desde las políticas laborales, sociales y familiares. Los centros pueden colaborar, pero no sustituir aquello que compete a otras administraciones.

Decía el Evangelio: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Dos mil años después parece que algunos han reinterpretado el mensaje. Si seguimos esperando que la escuela resuelva lo que corresponde al empleo, a los servicios sociales y a otras administraciones, acabaremos descubriendo que el problema nunca estuvo en que los niños se acercaran al

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