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Opinión | Desde el umbral

Revolución

Lo verdaderamente revolucionario tiene más que ver con la quietud, con el sosiego, con la templanza

Hubo un tiempo en que lo revolucionario se asociaba al clamor, al tumulto, a una cierta expresión del desgarro, a las boutades, a un deseo de conquista de lo incierto, de lo no conocido, de un tiempo inédito. Sin embargo, el bullicio constante que todo lo inunda, la adopción de poses y posturas rupturistas poco creíbles y la falta de coherencia entre lo que se predica y lo que se actúa han cambiado el cariz auténtico de lo revolucionario.

Ahora, lo verdaderamente revolucionario tiene más que ver con la quietud, con el sosiego, con la templanza, con el retorno de las buenas costumbres, con la conservación de todo aquello valioso que nos legaron las generaciones anteriores, con la manufactura y lo analógico, con la paciencia, con la baja intensidad, el ritmo pausado, la palabra susurrada y la levedad en el gesto. Aunque algunos no quieran que lo veamos, hay algo de revolucionario en todo esto, especialmente en este tiempo de prisas y griterío, de ademanes algo violentos y acritud y aspereza constantes, de scroll en las pantallas y chutes de dopamina, de anteojeras y espejismos. Y lo hay no solo en el terreno en que se libra la batalla política o las polémicas mediáticas en que se enfrascan, a diario, opinadores, comunicadores, tertulianos y periodistas.

Lo hay en la cotidianidad, en el modo en que nos relacionamos con los demás, en la manera en que nos mostramos física o virtualmente y hasta en cómo nos miramos y tratamos a nosotros mismos. Porque, por desgracia, entre el último lustro y la última década, se han ido normalizando comportamientos y actitudes que resultan como mínimo reprobables o poco benéficas en términos de convivencia y ciudadanía o de construcción de personalidades sanas y conscientes.

Y no es una cuestión de desplegar un afán moralizante, ni de pretender la renuncia a todo lo bueno que comporta la modernidad más novísima. Es una cuestión de observar y escuchar lo que nos rodea y a quienes nos circundan, y de hacer también un ejercicio de autocrítica e introspección, para tomar una cierta perspectiva sobre todo ello y poder someterlo a un escrutinio honesto e incondicionado.

Y, a partir de ahí, resituarse, adquirir una visión propia, genuina, y adoptar una posición distinta a la de quien solo se deja llevar por la corriente imperante o la irreflexión. Porque, aunque la IA y los automatismos acechan, aún tenemos voluntad y capacidad de decidir un destino propio, un rumbo personalísimo que nos aleje de la disolución en la marabunta y de convertirnos en marionetas presas del algoritmo.

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