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Opinión | La tribuna

Don Benito/Villanueva de la Serena: la fusión que olvidó la identidad

Independientemente de las controversias que han acompañado todo el recorrido, conviene preguntarse qué enseñanzas deja esta experiencia

Vegas Altas, el nombre que sella la fusión de las localidades extremeñas de Don Benito y Villanueva de la Serena

Vídeo: AGENCIA ATLAS

La decisión adoptada por unanimidad en el Ayuntamiento de Don Benito de archivar definitivamente el procedimiento de fusión con Villanueva de la Serena pone fin, eventualmente, a una de las iniciativas de reorganización municipal más relevantes emprendidas en la España contemporánea. Independientemente de las controversias que han acompañado todo el recorrido, conviene preguntarse qué enseñanzas deja esta experiencia.

Desde hace más de treinta y cinco años he defendido públicamente, a título personal y sin vinculación con formación política alguna —no participé en el estudio que se encargó a la universidad ni conformé el “comité de sabios”—, la conveniencia de avanzar hacia una mayor integración entre ambas ciudades. No por razones ideológicas, sino por una evidencia geográfica indiscutible: pocas conurbaciones interiores españolas presentan un grado de complementariedad semejante; dos núcleos urbanos separados por apenas cuatro kilómetros, conectados por intensos desplazamientos cotidianos, por un hospital compartido, por equipamientos supramunicipales, por actividades productivas crecientemente interdependientes y por una estructura funcional que opera desde hace muchísimo tiempo como un único sistema urbano bicéfalo.

Esa realidad continúa vigente. También permanecen las ventajas que una mayor coordinación administrativa podría aportar en términos de competitividad, eficiencia en la prestación de servicios, atracción de inversiones y fortalecimiento de la red de ciudades, tan necesaria para articular el territorio central y oriental de Extremadura.

Ahora bien, lo sucedido demuestra que la unión no puede construirse exclusivamente desde la racionalidad económica o funcional. Los lugares no son solamente ámbitos organizados mediante infraestructuras, equipamientos o instituciones. Son también comunidades tejidas por la memoria, la raigambre y las referencias compartidas.

La consulta popular celebrada en 2022 obtuvo el respaldo suficiente, un 66,27 %, para empezar el camino hacia la fusión. Ciertamente, las incidencias durante el escrutinio en Don Benito generaron suspicacias y alimentaron sospechas entre parte de la población. Posteriormente, los tribunales confirmaron la corrección y validez del recuento, pero la confianza se había erosionado.

No obstante, la quiebra llegó cuando el debate abandonó el pragmatismo y se adentró en el terreno de los símbolos. Así, mientras se hablaba de empleo, crecimiento económico, universidad, infraestructuras, suelo industrial o mejora de los servicios, la propuesta encontraba amplios intersticios de entendimiento. Existía una percepción mayoritaria de oportunidad compartida. Pero cuando se abrió el debate sobre la denominación del nuevo municipio, muchos vecinos percibieron que la integración podía implicar una renuncia a elementos profundamente arraigados de su historia colectiva.

La cuestión del nombre fue tratada como un asunto secundario cuando, ya lo advertí, constituía el pilar central del proyecto. El nombre de una ciudad no es una mera etiqueta administrativa. Es un patrimonio acumulado durante generaciones. En él se condensan recuerdos, trayectorias pasadas, vínculos emocionales y sentimientos de arraigo.

Por eso resultó difícil comprender que se abandonara una denominación tan lógica y reconocible como “Don Benito-Villanueva de la Serena” para embarcarse en formulaciones artificiosas sin identificación espacial. Las sucesivas sugerencias de los expertos —Las Mestas, La Concordia del Guadiana y, finalmente, Vegas Altas—, denominación ya existente en las proximidades, acabaron desviando la discusión desde las oportunidades que ofrecía la coalescencia municipal hacia el temor a perder referencias de su legado, lo que terminó generando malestar y el surgimiento de un nuevo partido, “Siempre Don Benito”, que canalizó la decepción.

Esto reafirma que el sustrato social de un lugar no constituye un obstáculo para el progreso, sino uno de sus principales activos. Las transiciones alcanzan mayor solidez cuando son capaces de armonizar crecimiento económico, participación pública y respeto por los valores heredados para evitar desenlaces similares.

La unión entre Don Benito y Villanueva respondía a una lógica sustentada en la continuidad urbana, la complementariedad de funciones y las oportunidades derivadas del mayor tamaño. Lo que se reveló insuficiente fue la capacidad para construir un relato compartido que conciliara esas razones con los sentimientos de pertenencia de ambas comunidades. Se pidió a muchos ciudadanos que imaginaran un horizonte común sin ofrecerles garantías suficientes de que sus raíces continuarían formando parte de su capital territorial.

La planificación del siglo XXI ya no consiste exclusivamente en diseñar soluciones eficaces desde el punto de vista técnico. También exige generar confianza, implicación y sentido de identidad. No basta con planificar para la población, sino proyectar con ella.

El proceso objeto de análisis constituye un valioso caso de estudio. No indica que la colaboración entre municipios sea negativa; lo que pone de manifiesto es que, incluso las iniciativas mejor fundamentadas, pueden malograrse cuando no incorporan adecuadamente la dimensión cultural y simbólica que toda colectividad considera irrenunciable.

La realidad que dio origen a esta propuesta, gestada en los años 70 del pasado siglo, permanece intacta. Los intercambios económicos, laborales y sociales entre ambas ciudades seguirán desarrollándose mañana como lo hacen ahora, pero hay que replantearla bajo otras premisas.

El territorio no es únicamente un espacio físico-natural que se refleja en planos y cifras, es también un plano tridimensional apoyado en los afectos, los recuerdos y el acervo común de quienes habitan en cada enclave. Lejos de constituir un freno, ese patrimonio inmaterial es el mejor cimiento para cualquier propósito compartido. La lección de este itinerario es sencilla: las transformaciones solo perduran cuando las personas sienten que avanzan conjuntamente sin dejar de ser quienes son.

A modo de epílogo: Tal día como hoy, 13 de julio de 1735, Don Benito alcanzó el privilegio de “villa eximida” del Condado de Medellín, para iniciar una nueva etapa. Villanueva de la Serena se emancipó de Magacela en 1423. Ambos municipios adquirieron el título de ciudad en 1856. Tras siglos de trayectorias paralelas, queda la incógnita de si algún día compartirán su futuro.

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