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Opinión

Club polideportivo El Encinar

En la parte alta del club, mis padres, aún jóvenes y apuestos, solían estar sentados con sus conocidos alrededor de mesas llenas de tubos de cerveza o vasos con tinto de verano

Otoño. Y para colmo la lluvia, decían, pero no recuerdo un solo día en el que eso me hubiese molestado. Los senderos rebosaban charcos, y cuando usaba katiuskas, solía meter el pie hasta el fondo. La humedad dejaba de ser un concepto remoto y podía sentirse en las manos y en el olor de la tierra. Las encinas, las retamas, la hierba, agradecidas al principio, petrificadas por una abundancia relativa al final.

Esta sabiduría no necesitaba de transmisión oral; se aprendía en los gestos y las miradas de los mayores. Mojarse, empaparse, estaba mal visto, un acto de vanidad, un derroche, una falta de respeto a una tradición construida sobre la escasez. Por ello, los juegos, las carreras y los gritos eran más contenidos porque los niños criados en la dehesa no perdíamos nunca de vista un techo bajo el que resguardarnos.

Invierno. Fuera de los límites marcados, éramos los dueños del espacio que el frío desheredaba y que los adultos ignoraban. Solíamos colarnos en la piscina y caminar por su lecho desnudo. Sobre el remanente de agua en la parte más profunda se formaba una delgada y quebradiza capa de hielo que rompía con el dedo índice, entumecido entre la euforia aventurera y la nostalgia por el verano. Notaba en los pulmones la brisa helada y en la nariz el humo de una chimenea lejana. La oscuridad avanzaba de una manera antinatural y, llenos de angustia, nos refugiábamos en la seguridad del interior.

En la cafetería, las mujeres charlaban alegremente de aquello que les apeteciese. Olían a café y perfume. En la segunda planta había una sala con amplios sofás y un proyector donde los hombres se refugiaban del mundo mientras veían partidos de fútbol. Las pomposas espirales de los Marlboro y de los Chesterfield flotaban en el aire.

Primavera. Los domingos de campo comenzaban en los asientos traseros de un Ford Escort verde oscuro. Si hacía buen tiempo, teníamos libertad para merodear por cualquier lugar, aunque las incursiones más allá de los muros estaban reservadas a los niños mayores. Los pequeños fantaseábamos encaramados en una amable encina inclinada sobre la antesala del campo de tiro. Al regresar, hablaban de un pozo solitario en lo profundo del bosque. Algo malo y extraño le sucedía: el agua era negra y un espeso manto vegetal cubría la superficie.

A la hora de comer, las mesas de granito lucían deslumbrantes: empanadillas de atún, huevo cocido y albahaca, tortillas de patatas en platos señoriales, ensaladilla rusa en recipientes de acero inoxidable, patatas el Gallo, lomo embuchado, queso de cabra, pero también de oveja, patatera, panceta, secreto cocinados en la barbacoa y sapillos con leche y canela. A partir de las seis, comenzaba a notar la tristeza y el vacío de las tardes de domingo. La sensación empeoraba si aún no había terminado los deberes.

Verano. A las cuatro y media, el autobús rojo de la línea cinco pasaba cerca de la Caja de Extremadura. El sol se derramaba sin piedad sobre la ciudad y solo el zumbido del asfalto dilatado interrumpía el silencio. Al final de la calle Ronda del Carmen, en el lateral de tres edificios de ladrillo, sobresalía un alero y sus lamas blanquecinas parecían las barbas de una ballena.

La última parada era la carretera de acceso a El Encinar. El campo estaba amarillo, seco y polvoriento, como si aquella tierra nunca hubiese conocido la lluvia o el viento, y contrastaba con la promesa de los baños en la piscina azul clorada, el verdor del césped y la sombra de los árboles.

En los vestuarios, la piel ligeramente quemada agradecía el agua dulce y el tacto de la ropa limpia y fresca. El pan del bocadillo había sido vencido por el calor y la humedad de una hermosa tortilla francesa. En la parte alta del club, mis padres, aún jóvenes y apuestos, solían estar sentados con sus conocidos alrededor de mesas llenas de tubos de cerveza o vasos con tinto de verano. Pasaba la noche junto a mis amigos tumbados en el minigolf o en la pista de futbol, mirando un cielo estrellado sin luna y satisfechos con lo que conocíamos de la vida hasta ese momento.

Gabriel Durán es médico.

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