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Opinión | Encerado y Clarión

El síndrome del "ya"

Dicen que la tecnología nació para ahorrarnos tiempo, lo que no nos dijeron es que nos ocuparía todo el tiempo

WhatsApp.

WhatsApp.

Quizás no aparezca aún en los manuales de psicología, pero denle tiempo. Todo apunta a que acabará teniendo nombre en latín, tratamiento farmacológico y algún día mundial patrocinado no precisamente por el santo Job. Hablo del síndrome del "ya", esa extraña enfermedad que provoca ansiedad cuando las respuestas no son inmediatas, un email lleva cinco minutos sin respuesta, un WhatsApp no se responde al minuto, un paquete tarda más de veinticuatro horas en llegar o una página web necesita tres segundos para cargar.

Hubo un tiempo en el que esperar era parte de la vida. Se esperaba el autobús sin consultar la aplicación cada minuto, una carta durante una semana y un capítulo de “La casa de la Pradera” durante siete interminables días. Incluso esperábamos colas interminables para comprar el pan, hoy solo se esperan colas para conciertos y descuentos. Por esperar se esperaba hasta a los Reyes Magos, ahora a un orondo señor de rojo, borlón en gorro y barba blanca.

Vivimos convencidos de que todo debe ocurrir inmediatamente, incluso creo que nos han acostumbrado intencionadamente a ello. Queremos respuestas instantáneas, vídeos de quince segundos que sustituyan un libro de quinientas páginas y titulares capaces de explicar en cinco palabras el resto de la noticia. La paciencia, que antes era una virtud, hoy parece un defecto de carácter o la consecuencia de no tener tarifa Premium.

Dicen que la tecnología nació para ahorrarnos tiempo, lo que no nos dijeron es que nos ocuparía todo el tiempo.Cada minuto ganado lo hemos llenado buscando el siguiente estímulo, la siguiente polémica o el siguiente problema que resolver, aunque todavía no exista. Corremos más que nunca para llegar antes a la siguiente carrera.

Aristóteles afirmaba que la paciencia es amarga, pero su fruto es dulce. La atribución podrá discutirse, la idea, no. Aprender, educar, recuperar una amistad o construir una sociedad mejor son tareas incompatibles con el botón de “entrega inmediata”. No existen aplicaciones que descarguen experiencia, ni inteligencia artificial capaz de fabricar criterio por sí sola.

Olvidamos que un árbol sigue necesitando años para crecer, la confianza continúa cocinándose a fuego lento y la educación mantiene la mala costumbre de exigir tiempo, esfuerzo y paciencia.

Quizá por eso convenga revisar el viejo refrán. En estos tiempos del “síndrome del ya”, el que espera ya no desespera, se desespera el que no sabe esperar.

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