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Opinión | Espectráculos

Extremadura-Alemania

Un país que tenga servicios y transporte público fiables creerá en su Estado y en su democracia

Un tren Ave.

Un tren Ave. / RENFE

Durante la semana pasada tuvo lugar en Hausach, un pueblecito alemán de la región de la Selva Negra, la 29ª edición del festival literario LeseLenz, que dirige el poeta José F. A. Oliver, de quien ya he hablado en más de una ocasión.

Tuve la suerte de ser invitado por segunda vez (la primera fue en 2022) al festival, lo cual me sirvió también para echar un vistazo a cómo está Alemania y percibir algunos paralelismos, inesperados, con Extremadura. Y el primero es la pérdida de competitividad y frustración social que causa algo tan básico como el tren. En Extremadura ya no son noticia (salvo que sean muy gordos) los incidentes con el tren a Madrid, pues son constantes. Cuando no es una cosa es otra. Esta vez no fue algo tan ridículo como que el tren hubiera atropellado a unas ovejas o una vaca (que se ha dado) sino que ya llegó a Cáceres con 40 minutos de retraso porque en Badajoz estaba averiado el sistema de agujas. Ya podían haberse preocupado de tenerlo a punto para el primer Alvia. Nosotros, por suerte, íbamos con tiempo, pero habría más de uno que perdiera su tren o avión en Madrid. La falta de una conexión fiable hace que muchas personas que necesitan viajar con frecuencia, y que residirían con gusto en Extremadura, opten por vivir en ciudades mejor conectadas, como Córdoba o Ciudad Real, que han ganado con el AVE, como nosotros seguimos perdiendo, población y competitividad.

Pero lo que en Extremadura sufrimos como un agravio comparativo a cómo funciona el tren en otras regiones, en Alemania es un caos generalizado, y eso en un país en el que, cuando yo vivía allí, hace veinte años, la Deutsche Bahn se disculpaba por los altavoces si el tren llevaba un minuto de retraso. La falta de inversión en personal y mantenimiento, mientras el volumen de viajeros se multiplicaba, ha hecho que viajar en tren sea allí una odisea como la extremeña. De hecho, el bueno de Hans Schiler, editor de mi antología traducida al alemán, y su esposa, tardaron siete horas para recorrer una distancia de poco más de cien kilómetros, por los múltiples retrasos que les hicieron perder dos trasbordos. 

Pero un país que tenga servicios y transporte público fiables creerá en su Estado y en su democracia. Quien sienta que el sistema no funciona tenderá a buscar chivos expiatorios, y a apostar por quienes vienen con la porra o la motosierra.

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