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Opinión | Tribuna

Jesús Ramírez Muñoz

Jesús Ramírez Muñoz

Vicedecano del Colegio de Biólogos de Extremadura

Corrupción pública y privada: dos manifestaciones de un mismo fenómeno social

No hay corrupto sin corruptor ni corruptor sin corrupto. La corrupción aparece así no como un acto individual, sino como una relación de intercambio entre intereses públicos y privados

Ábalos y Koldo.

Ábalos y Koldo. / EL PERIÓDICO

Cuando se habla de corrupción, la imaginación colectiva suele dirigirse inmediatamente hacia la política. Sobornos, malversación, tráfico de influencias o clientelismo ocupan con frecuencia el espacio mediático y alimentan la percepción de que constituye una patología del Estado. Sin embargo, esta imagen es incompleta. La corrupción no es exclusiva de las instituciones públicas, sino una forma de relación social basada en el uso de posiciones de confianza, poder o influencia para obtener beneficios particulares vulnerando normas orientadas al interés común. Desde esta perspectiva, corrupción pública y privada son expresiones de una misma dinámica social.

Prácticas como el cohecho, la malversación, la prevaricación o el nepotismo comprometen recursos colectivos, erosionan la confianza institucional y cuestionan la imparcialidad del Estado. La corrupción privada comprende conductas como el fraude empresarial, la evasión fiscal, la manipulación de mercados o las estafas, que distorsionan las reglas de intercambio entre particulares. Mientras la primera afecta a bienes colectivos y tiene un fuerte impacto simbólico sobre la legitimidad institucional, la segunda aparece fragmentada en innumerables episodios cotidianos que reciben menor atención pública y, aunque menos visible, probablemente sea más extensa y constituye, con frecuencia, el sustrato sobre el que se articula la corrupción política.

La frontera entre ambas

La frontera entre ambas se difumina en los grandes casos de corrupción. Lejos de ser conductas aisladas, se articulan en redes donde empresarios, abogados, consultores e intermediarios colaboran con quienes ejercen funciones públicas para obtener ventajas recíprocas. No hay corrupto sin corruptor ni corruptor sin corrupto. La corrupción aparece así no como un acto individual, sino como una relación de intercambio entre intereses públicos y privados.

En su forma más estable, estos intercambios adoptan la estructura de redes organizadas en las que cada participante aporta un recurso específico —decisión, financiación, conocimiento técnico o cobertura jurídica— al servicio de un beneficio compartido. Se configura así un sistema paralelo que sustituye legalidad, mérito y competencia por privilegio e influencia, transformando la corrupción en una estructura de cooperación ilícita más que en una suma de desviaciones individuales.

La psicología moral muestra que quienes participan en estas dinámicas rara vez se perciben como inmorales. Predominan racionalizaciones que preservan la autoimagen ética: «todo el mundo lo hace», «no perjudico a nadie», «solo ayudo a los míos» o «me lo merezco». La corrupción no surge tanto de la ausencia de principios como de la capacidad de reinterpretar normas sin renunciar a una identidad moral positiva.

Este fenómeno tiene un trasfondo evolutivo y neurobiológico. Como especie social, los seres humanos evolucionamos entre cooperación y competencia por recursos, estatus y oportunidades, desarrollando cerebros capaces de modular ambas según los incentivos del contexto, en interacción entre los circuitos de recompensa, la corteza prefrontal y las redes de cognición social. La corrupción no es una adaptación específica, sino un subproducto de estos mecanismos cuando el oportunismo resulta viable. En este sentido, no es solo un comportamiento individual, sino una propiedad emergente de sistemas de cooperación complejos, resultado de la interacción entre predisposiciones evolutivas, incentivos institucionales y marcos culturales que pueden favorecer el beneficio particular sobre la cooperación.

Desde una perspectiva económica, corrupción pública y privada comparten un rasgo esencial: generan beneficios sin creación equivalente de valor, reduciendo la eficiencia y erosionando la confianza en instituciones y mercados.

Una sociedad comienza a corromperse cuando prácticas como el favoritismo, el fraude menor o el incumplimiento de normas dejan de percibirse como excepciones y pasan a ser tolerables

Una sociedad comienza a corromperse cuando prácticas como el favoritismo, el fraude menor o el incumplimiento de normas dejan de percibirse como excepciones y pasan a ser tolerables. A ello se suma una corrupción epistemológica, donde se deterioran los criterios para distinguir verdad y mentira, mérito y privilegio o información y propaganda. Como advirtió Sócrates, la democracia se debilita cuando los ciudadanos sustituyen el examen crítico por la adhesión a identidades colectivas. La corrupción deja así de ser un problema jurídico para convertirse en una patología de la cultura cívica.

Conclusión incómoda

De ello se desprende una conclusión incómoda: las instituciones no existen al margen de la sociedad que las produce. Gobiernos, administraciones, partidos y empresas reflejan la cultura y los valores de su entorno. Existe una continuidad entre prácticas cotidianas y formas de corrupción institucional.

La lucha contra la corrupción requiere una cultura ética que refuerce la cooperación y eleve los costes del oportunismo. Las sociedades más resistentes no dependen solo de instituciones transparentes y rendición de cuentas, sino también de normas compartidas, responsabilidad cívica, confianza interpersonal y pensamiento crítico. La corrupción no constituye una anomalía ajena a la naturaleza humana, sino una posibilidad permanente en una especie cuya extraordinaria capacidad para cooperar convive con la de explotar esa misma cooperación cuando las circunstancias lo favorecen. La calidad de una democracia no depende de eliminar esa posibilidad —algo inalcanzable—, sino de construir instituciones, incentivos y una cultura cívica que hagan improbable que el abuso del poder o de la confianza se convierta en una estrategia viable. En última instancia, esa es una de las tareas esenciales de toda sociedad democrática. La pregunta que emerge trasciende los enfoques exclusivamente jurídicos y políticos, porque solo puede responderse integrando los conocimientos de la biología evolutiva, la neurociencia, la psicología, la economía y la filosofía política. ¿Qué tipo de instituciones, incentivos y cultura cívica hacen menos probable que el beneficio particular prevalezca sobre el bien común?

Jesús Ramírez Muñoz es vocal del Colegio Oficial de Biólogos de Extremadura

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