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Opinión | Café filosófico

Lo que todo el mundo sabe

En una democracia no hay reyes o tutores conduciendo a sus pupilos o súbditos, y ni los jueces ni los políticos deben ser modelos o héroes morales

David Sánchez, en el entorno de los juzgados, uno de los días del juicio en la Audiencia de Badajoz.

David Sánchez, en el entorno de los juzgados, uno de los días del juicio en la Audiencia de Badajoz. / Jesús G. Hinchado

Seamos claros. Todo el mundo sabe que en este país el nepotismo es un mal endémico, y que en todos los ámbitos, pero especialmente en la Administración, es habitual colocar o beneficiar a parientes, paisanos, compañeros de partido y amiguetes a los que se debe o de los que se espera obtener algún favor. Todos podríamos detallar veinte o treinta casos concretos. Todos sabemos también que el caso de David Sánchez es probablemente uno de ellos. Como también que si no llega ser quien es, aquí no hubiera pasado absolutamente nada. Nadie ignora tampoco que tras la condena a Sánchez (por dejarse enchufar), se va a seguir colocando y beneficiando a cuñados, conmilitones y amigos en la misma y exacta proporción que antes, porque en esto solo se denuncia a quien políticamente interesa, se sale del tiesto o se pasa de listo.

Todo el mundo sospecha también (aunque no lo diga) que la inclasificable instrucción a Begoña Gómez no tiene más objeto que el de procesar a la mujer del presidente del gobierno, y que por los mismos difusos indicios por los que está imputada desde hace más de dos años se podría igualmente imputar y procesar al cónyuge de casi cualquier otro alto cargo político. Se puede matizar o discutir tal o cual cosa, se puede uno alegrar o no, pero dudo que haya alguien mínimamente informado que no tenga esta sospecha en la cabeza.

Y del mismo modo, y sea cual sea la tendencia política de cada uno, todos sabemos que los partidos que se han ido alternando en el gobierno poseen un grado parejo de corrupción (ni mucho ni poco, sino más o menos el mismo que el de la sociedad a la que representan). ¿Hace falta dar nombres? (Ábalos, Koldo, Bárcenas, Zaplana, Matas, Rato…). También sabemos perfectamente que tales partidos son estructuras dirigidas básicamente a mantener u obtener el poder, y que el porcentaje de energía que invierten en pensar, dialogar y gestionar recursos para resolver los problemas de la ciudadanía es mínimo (no hay más que ver sus estrategias de confrontación, ceñidas al descrédito del oponente – la falacia «ad hominem» –, en lugar de a la evaluación y discusión de iniciativas).

Ahora bien: saber todo esto implica también una gran responsabilidad. En una democracia no hay reyes o tutores conduciendo a sus pupilos o súbditos, y ni los jueces ni los políticos deben ser modelos o héroes morales, sino simples servidores o gestores de la moralidad consensuada por los ciudadanos. Por ello, salir de este marasmo es responsabilidad nuestra, de los titulares de la soberanía. Si no queremos enchufismo endémico, activismo jurídico, corrupción política o partitocracia estéril, hemos de hacer algo más que votar y participar de la ceremonia enajenante de la polarización. Hay que exigir y proponer medidas (inflexibilidad frente al nepotismo, cambios en el acceso a la judicatura, reformas obligatorias en la estructura de los partidos, instituciones legislativas directamente controladas por la ciudadanía …). En otro caso no quedara otra que confirmar lo igualmente sabido por todos: que, políticamente hablando, no tenemos más que lo que nos merecemos.

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