Opinión | Con permiso de mi padre
Pies de barro
Un chaval de veintiún años con un contrato millonario y ocho millones de seguidores no ha estudiado ética, ha estudiado la parábola del balón

El faro de Andratx (Mallorca). / EFE
En la alacena de mi abuela convivían sin darse codazos una estampa de la Virgen, el calendario de la cooperativa y un recorte de periódico con la silueta de un torero. Los tres cumplían funciones distintas y ella jamás las confundió: a una le rezaba, al otro le miraba las verónicas. Nadie esperaba del diestro una doctrina sobre el bien y el mal. Faenaba bien, y con eso bastaba.
Hemos perdido esa higiene.
Hoy un futbolista mete un gol en el minuto noventa y a la semana siguiente le exigimos que se pronuncie sobre la reforma fiscal, sobre la guerra que toque esa temporada y sobre el modo correcto de educar a los hijos. Un cantante afina, nos emociona en un estribillo y ya le suponemos criterio moral, hondura filosófica y una vida limpia. El talento acredita una destreza. No expide certificado de buena conducta.
Lo curioso es que fabricamos el ídolo con la misma diligencia con que preparamos su caída: primero lo subimos al pedestal, le ponemos focos, le pedimos frases memorables. Después lo vigilamos. Aparece un tuit de hace once años, una declaración torpe, una vida privada que no encaja con el guion, y entonces llega el gusto casi festivo del derribo. La multitud que aplaudía es la misma que trae la piqueta. Uno diría que idolatramos precisamente para tener después el placer de la decepción.
La Iglesia, que de esto sabe un rato, tarda décadas en canonizar a alguien. Exige procesos, testigos, un abogado del diablo que busque las grietas, milagros comprobados y, sobre todo, que el candidato haya muerto. Nosotros canonizamos en una tarde con un vídeo de treinta segundos y desfiguramos con otro. Ni proceso ni prudencia: entusiasmo y linchamiento, que salen mucho más baratos.
Conviene recordar que nadie firmó para ser faro. Un chaval de veintiún años con un contrato millonario y ocho millones de seguidores no ha estudiado ética, ha estudiado la parábola del balón. Le hemos colocado encima un peso que no pidió y que ninguna persona sensata aceptaría. Luego, cuando se comporta como lo que es —un ser humano con miedos, torpezas y una hipoteca sentimental como la de cualquiera—, nos sentimos traicionados. La traición es nuestra, por confundir admiración con devoción.
Mientras tanto, la decencia de verdad sigue donde ha estado siempre y no da entrevistas. Está en la vecina que sube todos los días la comida al del tercero sin contárselo a nadie. En el hombre que cuida a su mujer enferma desde hace nueve años y no ha faltado una noche. En el maestro de pueblo que se queda media hora más con el niño que no arranca. Ninguno tiene perfil verificado. Ninguno aspira a serlo.
Los faros son de piedra, están quietos, no cobran por su luz y no se cansan de nosotros. Las personas somos otra cosa: barro con vetas de oro, y las vetas no cubren el barro entero. Admiremos el oficio de quien lo hace bien —cantar, correr, interpretar— y dejemos el alma en paz. Si necesitamos guía, hay sitios más antiguos y mejor iluminados donde buscarla. Sólo hay que molestarse en entrar.
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