Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Con permiso de mi padre

Las orquídeas de mierda

Mi amigo Damián lo resume en cuatro palabras:

—Las orquídeas de mierda.

No lo dice porque deteste las flores. Lo dice porque le duele lo que ha venido después.

Me cuenta que, desde niño, ha visto pastar las vacas en el gran cerro que hay junto a su pueblo. Siempre hubo flores. Miles. Amarillas, azules, blancas. Flores de las que salen entre la hierba. Nadie sabía cómo se llamaban porque tampoco hacía falta, eran las flores del campo. Las vacas pasaban entre ellas, las pisaban, alguna se comerían y, al año siguiente, allí estaban otra vez.

Hasta que un día alguien descubrió que eran orquídeas silvestres y, además, una especie especialmente valiosa. Llegaron los estudios, los informes, los carteles y hasta una ruta para contemplarlas. También llegaron las limitaciones: en buena parte del cerro dejó de permitirse el pastoreo y la Administración fue adquiriendo pequeñas parcelas para garantizar su conservación.

Damián no discute que una especie singular deba protegerse. Lo que le cuesta comprender es que se actúe como si aquellas orquídeas hubieran sobrevivido a pesar de quienes llevaban generaciones utilizando aquel monte, y no conviviendo con ellos.

Porque las vacas no eran el problema, sino una parte del equilibrio. El campo tiene una lógica que rara vez cabe en un expediente. El ganado no sólo pasta; abona el suelo, mantiene despejados los claros y va transportando semillas de un sitio a otro. La naturaleza no siempre funciona por compartimentos estancos; muchas veces prospera precisamente gracias a esas relaciones invisibles que llevan siglos repitiéndose. Tal vez por eso le cuesta entender que ahora se proteja el monte expulsando de él aquello con lo que siempre convivió.

¿Escuchamos lo suficiente a quienes conocen el campo porque llevan toda una vida observándolo?

Hay un conocimiento que no aparece en los informes. El del hombre que sabe cuándo florece una ladera sin mirar el calendario, distingue si un arroyo traerá agua por el color de las nubes, reconoce el canto de un pájaro antes de verlo. El de quien ha visto cambiar el monte durante cincuenta años sin escribir un solo artículo científico.

Ese saber no siempre encuentra un sitio en los despachos.

Algo parecido ocurre con la cigüeña negra. Cuando una pareja decide instalarse en una finca, pueden establecerse limitaciones que afectan incluso a labores agrícolas o forestales que llevan haciéndose toda la vida. La finalidad es impecable: proteger una de nuestras especies más amenazadas. Sin embargo, cuando esas medidas se perciben como una carga que recae exclusivamente sobre el propietario, aparece una consecuencia que nadie buscaba.

Hay paisanos que, al ver acercarse una cigüeña negra, procuran espantarla antes de que anide.

No porque odien a las aves, sino porque temen las restricciones.

Y ese es un fracaso colectivo.

Las políticas de conservación deberían conseguir que quien tiene la suerte de albergar una especie protegida se sintiera orgulloso, no preocupado. Si producen el efecto contrario, quizá no falle el objetivo, sino la forma de alcanzarlo.

Hay quien piensa que conservar consiste, sobre todo, en prohibir.

Sin embargo, buena parte del paisaje que hoy admiramos no nació en ausencia del ser humano. Nació con pastores, agricultores, ganaderos y vecinos que, con sus aciertos y sus errores, convivieron durante siglos con dehesas, encinares, aves y flores.

A veces olvidamos que el medio natural que queremos preservar no es un escenario intacto del que haya que expulsar a las personas. Es un paisaje modelado durante generaciones por quienes lo trabajaron con respeto. 

Proteger la naturaleza es imprescindible, pero protegerla sin contar con quienes la han habitado siempre puede acabar despertando el rechazo precisamente de quienes más podrían ayudar a conservarla.

Y entonces ocurre algo tan absurdo como que un hombre mire una orquídea o una cigüeña negra y, en lugar de ver un privilegio, vea un problema.

Quizá la naturaleza necesite leyes. Pero también necesita memoria y experiencia.

Mercedes Barona es periodista.

Tracking Pixel Contents