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Opinión | Tribuna

Jesús Ramírez Muñoz

Jesús Ramírez Muñoz

Vicedecano del Colegio de Biólogos de Extremadura

El valor político

El verdadero valor político surge de la combinación de integridad, competencia, experiencia, independencia de criterio, capacidad para formar equipos, inteligencia emocional, visión estratégica y vocación de servicio público

La democracia representativa se sostiene sobre un principio tan evidente como a menudo olvidado: antes de que los ciudadanos elijan a sus gobernantes, son los partidos quienes seleccionan a las personas que podrán aspirar a esa responsabilidad. La calidad de nuestras instituciones depende, en buena medida, de ese proceso. Elegir un dirigente no es una cuestión exclusivamente interna; condiciona el tipo de liderazgo que ejercerá el poder y, con ello, la capacidad de una sociedad para afrontar sus desafíos.

Esta realidad obliga a preguntarse qué entendemos por valor político. Con frecuencia se identifica con el carisma, la popularidad o el éxito electoral. Sin embargo, ninguna de estas cualidades basta por sí sola. Ganar unas elecciones otorga legitimidad para gobernar, pero no garantiza la capacidad para hacerlo. Del mismo modo, una brillante trayectoria dentro de un partido tampoco acredita las condiciones necesarias para dirigir una institución compleja.

El verdadero valor político surge de la combinación de integridad, competencia, experiencia, independencia de criterio, capacidad para formar equipos, inteligencia emocional, visión estratégica y vocación de servicio público. Es la suma de cualidades que permite ejercer un liderazgo eficaz al servicio del bien común. Sin embargo, estas virtudes no siempre coinciden con las que favorecen la promoción dentro de una organización política.

Uno de los fenómenos más frecuentes en los partidos es que la promoción interna termine valorando más la lealtad acrítica que el propio valor político. Conviene distinguir, no obstante, entre dos formas de lealtad. La institucional, entendida como compromiso con un proyecto colectivo y respeto a las decisiones democráticas, resulta imprescindible. Muy distinta es la lealtad que identifica la discrepancia con la deslealtad y convierte el seguidismo en el principal criterio de promoción.

Cuando esto ocurre, el pensamiento crítico cede terreno a la cultura de la aquiescencia y dirigentes con experiencia, autonomía o capacidad innovadora pueden quedar relegados frente a perfiles más dóciles. Paradójicamente, lo que aparenta aportar estabilidad interna termina debilitando la capacidad de la organización para responder a las demandas de la sociedad.

Este fenómeno no responde solo a decisiones individuales; también obedece a dinámicas propias de los grupos. La militancia genera una fuerte identidad colectiva que fortalece el compromiso, pero también puede derivar en conformismo. Cuando expresar una opinión distinta implica el riesgo de ser considerado desleal, el debate se empobrece, el conformismo sustituye al pensamiento crítico y la organización entra en una espiral de mediocridad intelectual.

A ello se añade otro factor menos visible: la profesionalización de parte de la actividad política puede generar incentivos que condicionen la libertad de criterio. Cuando la permanencia en un cargo determina la estabilidad económica o el futuro profesional, aumenta el riesgo de que la lealtad deje de responder a convicciones para convertirse en un mecanismo de conservación de la propia posición. No es una consecuencia inevitable, pero sí un riesgo que toda democracia madura debe prevenir mediante transparencia, renovación y rendición de cuentas.

Toda organización desarrolla mecanismos de autoprotección. Quienes ocupan posiciones de influencia suelen sentirse más cómodos con dirigentes previsibles y fácilmente integrables en las estructuras existentes. Un líder independiente, con personalidad propia y voluntad transformadora, altera esos equilibrios y puede generar incertidumbre. Así, la búsqueda de seguridad interna termina favoreciendo, en ocasiones, liderazgos menos preparados para afrontar los desafíos externos.

Conviene distinguir entre valor político y valor electoral, dos conceptos relacionados, pero no equivalentes. El valor electoral expresa la capacidad para atraer votos y conectar con el electorado. El valor político, en cambio, se manifiesta en la capacidad para gobernar, integrar equipos, construir consensos, gestionar conflictos y defender el interés general, incluso cuando ello exige adoptar decisiones difíciles.

Una democracia necesita dirigentes que combinen ambas dimensiones. Un candidato muy competitivo electoralmente puede carecer de las cualidades necesarias para gobernar con eficacia. Del mismo modo, una persona de extraordinario valor político puede no poseer las habilidades comunicativas necesarias para ganar unas elecciones. El reto de los partidos consiste en identificar perfiles capaces de reunir ambas condiciones.

Cuando una organización premia sistemáticamente la obediencia complaciente por encima del talento, las consecuencias trascienden sus propios límites. La innovación disminuye, el debate se empobrece, los mejores perfiles abandonan la organización o permanecen relegados y la ciudadanía percibe que quienes dirigen los partidos están más preocupados por preservar sus equilibrios internos que por seleccionar a las personas de mayor valor político. Lo que parecía un problema organizativo termina convirtiéndose en un problema democrático.

Los partidos no solo seleccionan a quienes los representan; también seleccionan el tipo de democracia que contribuyen a construir. Cuando la promoción interna premia la adhesión personal por encima del talento, la calidad de las instituciones se resiente, porque depende, en gran medida, de la calidad de los liderazgos que los propios partidos son capaces de producir.

En última instancia, el valor político no se demuestra conquistando el poder, sino ejerciéndolo con competencia, independencia y sentido del bien común. Una democracia de calidad necesita líderes capaces de crear espacios reales de deliberación, integrar sensibilidades distintas, asumir responsabilidades y dejar instituciones más sólidas de las que encontraron. Porque la democracia nunca será mejor que los liderazgos que sea capaz de generar. Allí donde la competencia prevalece sobre la obediencia, el pensamiento crítico sobre la adhesión interesada y el servicio público sobre la ambición personal, la política recupera su verdadera dignidad: poner las mejores capacidades al servicio del bien común.

Jesús Ramírez Muñoz es vocal del Colegio Oficial de Biólogos de Extremadura.

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