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Opinión | Textamentos

Un oficio para pobres

En España, donde hay más escritores que lectores, escribir para ser leído es tan improductivo como montar una tienda de aire acondicionado en el Polo Norte

Si hay un tema que casi nunca se aborda en las reuniones con mis amigos es el de la literatura. No porque pretendan hacerme el vacío: es solo que leer novelas, relatos o poesía no está entre sus prioridades. Y hablo de gente con un nivel sociocultural medio alto -ingenieros, informáticos, profesores-, personas que, aun siendo poco leídas en el sentido estricto, están bien informadas de lo que ocurre en el ancho mundo.

Esto me permite -o más bien me obliga- a sacar dos conclusiones. Una: no es necesario ser un gran lector -ni siquiera uno pequeño- para defenderse con solvencia en cualquier conversación. Dos: el del escritor es, en la inmensa mayoría de los casos, un oficio para pobres.

Los datos son desalentadores: solo el 4,5 % de los títulos supera las 100 ventas, el nivel a partir del cual se empiezan a cubrir gastos. Y el 49,4 % de los libros disponibles en las librerías españolas no vende ni un solo ejemplar en todo un año. En España, donde hay más escritores que lectores, escribir para ser leído es tan improductivo como montar una tienda de aire acondicionado en el Polo Norte.

Y si no se venden los libros, si se cierran librerías y editoriales, si ser leído no da juego ni para conversar entre amigos, ¿para qué sirve escribir?

No esperen de mí una frase edulcorante que rebaje el drama expuesto en los párrafos anteriores. Llevo demasiado tiempo en este sector para saber que el placer, la vocación creativa o el deseo de ganar dinero haciendo carrera literaria podrán ser motivaciones comprensibles, no lo niego, pero lo que de veras empuja a alguien a escribir es, digámoslo ya, una dosis importante de masoquismo. De ahí que, cuanto más difícil es abrirse camino en el mercado literario, más son los que quieren lanzarse a él.

Menos romanticismo: donde hay un escritor, un librero o un editor, hay un masoquista en la sombra. Pero, como bien dice la máxima castiza, que nos quiten lo bailao.

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