Opinión | Tribuna

Ingeniero Forestal y excoordinador del Plan Infoex
España huele a humo
El humo, empujado por el viento, no entiende de límites administrativos. Cruza provincias, comunidades autónomas y despachos oficiales. Se cuela por las ventanas y termina recordándonos que España es una sola tierra cuando se quema
No al humo acogedor de una chimenea en invierno, sino al de los montes que agonizan, al de los pueblos desalojados, al de los animales que huyen entre las llamas y al de miles de familias que contemplan con angustia cómo el fuego amenaza su hogar y sus vidas.
Hoy ESPAÑA ARDE de nuevo, desde los arribes del Duero, bordeando las estribaciones sur y norte de la sierra de Gredos hasta las sierras próximas al Mediterráneo en Castellón. Como antes ardieron El valle de Los Gallardos en Almería y las sierras de La Mierla, norte de Guadalajara. Cambian los escenarios, pero la tragedia siempre es la misma.
El humo, empujado por el viento, no entiende de límites administrativos. Cruza provincias, comunidades autónomas y despachos oficiales. Se cuela por las ventanas y termina recordándonos que España es una sola tierra cuando se quema.
Cada verano asistimos al mismo ritual. Héroes anónimos jugándose la vida frente al fuego; responsables políticos prometiendo que se investigarán las causas; visitas institucionales y declaraciones solemnes que el viento termina llevándose con el humo.
Pero el verdadero debate nunca llega.
Durante demasiado tiempo hemos confundido conservar con abandonar.
Hemos dejado que el monte acumule toneladas de combustible vegetal mientras desaparecían el pastoreo, los aprovechamientos forestales y muchas de las actividades tradicionales que mantenían limpio el territorio.
Se ha legislado, en demasiadas ocasiones, escuchando más a determinados movimientos ecologistas urbanos que a quienes trabajan y conocen el monte todos los días. Defender la naturaleza es una obligación; convertirla en un espacio intocable, olvidando que durante siglos fue gestionada por el ser humano, es un grave error.
Los bosques españoles no son selvas vírgenes. Son paisajes construidos durante generaciones por pastores, agricultores, corcheros, leñadores, carboneros , guardas y propietarios forestales. Cuando desaparece esa gestión, el monte se cierra, acumula combustible y acaba convirtiéndose en una enorme mecha esperando una chispa.
El fuego no entiende de ideologías ni de fronteras autonómicas. Devora por igual viviendas, explotaciones agrarias, fauna, flora, patrimonio natural y años de esfuerzo.
Por eso, cuando los incendios alcanzan la magnitud que estamos viviendo, el Estado tiene la obligación de responder con todos los medios disponibles. La coordinación entre administraciones debe ser inmediata y, cuando la situación lo requiera, deben movilizarse sin demora todos los recursos públicos previstos para proteger a la población, incluidos los medios militares especializados; y los que no: TODOS!
España necesita una auténtica política forestal de Estado, estable y ajena al calendario electoral. Una política basada en el conocimiento técnico y científico, pero también en la experiencia de quienes llevan toda una vida trabajando el territorio.
Hay que volver a cuidar el monte durante todo el año; facilitar los tratamientos selvícolas, recuperar el pastoreo, mantener caminos y cortafuegos, apoyar al mundo rural y escuchar más a los profesionales del terreno que a quienes conocen el monte únicamente desde un despacho, imponiendo mil y una norma.
Porque el monte abandonado termina ardiendo.
Y cuando arde un monte, no sólo desaparecen árboles.
Se pierde biodiversidad, se erosiona el suelo, se arruina la economía de muchos pueblos y se borra una parte de nuestra memoria colectiva.
España huele a humo.
El monte necesita ciencia, pero también experiencia.
Necesita conservación, pero también gestión.
Necesita árboles, fauna y biodiversidad, pero también caminos, ganado, aprovechamientos y presencia humana.
Para lograrlo hacen falta menos discursos y más gestión.
Menos ideología y más conocimiento.
Menos fotografías entre las cenizas y más trabajo cuando todavía no hay llamas.
Todavía estamos a tiempo.
Debemos impulsar el pastoreo tradicional, favorecer los aprovechamientos forestales, profesionalizar los trabajos preventivos y devolver vida económica a nuestros pueblos.
Debemos escuchar a los técnicos, a los agentes, a los trabajadores forestales y a las gentes del campo.
Debemos dejar de confundir abandono con naturaleza.
Quizás entonces España deje de oler a humo.
Quizás vuelva a oler a jara, a tomillo y a romero; a resina, a corcho recién sacado, a pasto húmedo y a tierra mojada.
Ese es el olor de la vida.
Ese es el patrimonio que tenemos la obligación de defender.
Porque cuando arde un monte no sólo se queman árboles.
Arde el trabajo de generaciones.
Arde la memoria de los pueblos.
Arde España.
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