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Opinión | Tribuna

Bitácora de una odisea ferroviaria

Una hora de cola después, me advierten que tenga cuidado con el transbordo porque no garantizan llegar a tiempo

Día uno. Parto de Cádiz rumbo a Sevilla para hacer transbordo a Cáceres. Una expedición sencilla, no precisamente la vuelta a Ítaca, o eso creía yo. Comprar los billetes debiera ser el primer trámite, pero pronto descubro que la aventura acaba de comenzar. La aplicación da error. Pruebo con el ordenador. Encuentro dos billetes en un tren y tres en otro. Pago. Error. Primer intento, fallido. Vuelvo a empezar. Pago. Error. Segundo intento, también fallido. Decido esperar un día.

Día dos. Ni aplicación, ni internet ni Padrenuestro. Recurro a la tecnología más avanzada conocida por el ser humano, la ventanilla. Una hora de cola después, me advierten que tenga cuidado con el transbordo porque no garantizan llegar a tiempo y, si pierdo el siguiente tren por menos de hora y media, tampoco se responsabilizan. Magnífico. Ya no compro un billete, contrato una aventura.

Los billetes se agotan y toca improvisar. Para llegar a Sevilla, familiar al rescate. Cual Odiseo, primer obstáculo superado.

Día tres. Vuelvo a intentarlo. Aplicación, ordenador, ventanilla. Pago en taquilla. El dinero desaparece de la cuenta y aparece el mensaje de error, pero “no se preocupe, se lo devolvemos”. Lo intentan otra vez. Pago. Descuento. Error.

La revelación llega, probar sin reserva de asiento. Y, por gracia divina, ¡funciona! Ya puedo regresar a Ítaca sin haber pisado la estación y después de sortear cíclopes, sirenas y una docena de errores informáticos.

Día cuatro. Recibo un SMS: «El trayecto Sevilla-Zafra se realizará por carretera». Ni Poseidón se lo puso tan difícil a Ulises. Información precisa. ¿Autobús? ¿Taxi? ¿Bicicleta? ¿Camello? Llamo. Tras hora y media de espera, respuesta tranquilizadora, no lo saben, pregunte en la estación.

Llego tres cuartos de hora antes y descubro el plano del tesoro, «suele salir desde el McDonald’s. Coja a la izquierda, luego a la derecha, siga recto y, si no es allí, debe ser por los alrededore». Ni Homero.

Encuentro finalmente el autobús, que sale media hora tarde. Pero a estas alturas, cualquier cosa con ruedas y dirección correcta merece mi eterna gratitud.

En Zafra aparece por fin el supuesto tren. Cinco días antes solo quedaban tres asientos. Ahora va medio vacío. O medio lleno, según la filosofía ferroviaria.

Y llega el aire acondicionado. Mucho aire. Tanto que quienes no solemos llevar anorak en agosto acabamos congelados. Pregunto al revisor. Su explicación merece ser grabada en mármol ya que «con este calor, el tren tiene que enfriarse porque se para». Una vez descongelado en casa, doy gracias a los dioses por haber llegado sano y salvo.

En fin, después de esta odisea, solo me queda una pregunta: ¿En qué encaje o vuelillo en las mangas de la ropa de jueces o sacerdotes, vulgarmente llamadas puñetas, están trabajando?

Porque si este es el mejor momento, la próxima vez prefiero ir en Transmediterránea, aunque sea por el Tajo.

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