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Opinión | Editorial

La revolución cultural del Golfo

Hace apenas 35 años, Arabia Saudí y los países del Golfo padecían el estigma de ser monarquías teocráticas empachadas de petrodólares, y sociedades con una cultura beduina rica pero ajena a la cultura que dominaba la escena internacional y el mercado. Cada país tenía su museo de arqueología y etnografía y solo Baréin contaba con un museo de arte contemporáneo. La toma de conciencia de que la energía de origen fósil tiene los años contados ha conducido a estos países a emprender un cambio estratégico que va acompañado de transformaciones culturales no menos relevantes. Un poder blando que acompañe las inversiones en tecnologías del siglo XXI. En ese sentido, la revolución en el ámbito de la museística es la más espectacular. Con miles de millones de dólares invertidos en levantar algunos de los museos más importantes del mundo y en atraer talento que despliegue en torno a estos centros una política cultural.

La jequesa Al Mayassa bint Hamad bin Khalifa, hermana del emir de Catar, responsable de los museos del emirato, ha expresado la narrativa que acompaña esta revolución: «El arte y la cultura son una religión que todos podemos practicar». Proclamar las virtudes del arte y de la cultura como vehículos de conocimiento mutuo no es nada nuevo. Sin embargo, en boca de quien es la mujer más poderosa del mundo del arte, cobra una dimensión que está llamada a tener implicaciones de largo alcance. En un par o tres de décadas, se ha pasado de inaccesibles compras millonarias en las principales subastas por parte de jeques y príncipes a la construcción de museos nacionales encargados a los arquitectos más prestigiosos. Además de disponer de un Louvre Abu Dabi que expone a los artistas más conocidos y cotizados, los Emiratos inaugurarán próximamente el Guggenheim Abu Dhabi, diseñado por Frank Gehry. Un museo que aspira a ser el más grande del mundo dedicado al arte moderno y contemporáneo con un acento puesto en la perspectiva del sur global. Con la voluntad de cultivar la más moderna concepción del arte, los Emiratos también cuentan con un museo interdisciplinar que explora la confluencia entre arte, ciencia y tecnología. Arabia Saudí, donde el príncipe Mohamed bin Salman compró no hace mucho el Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, por más de 450 millones, dispone de un museo dedicado exclusivamente al arte contemporáneo y de centros culturales vibrantes que rivalizan con los de las grandes capitales.

Catar también ha contribuido a este fenómeno con la exhibición de la mayor colección de arte moderno con una perspectiva árabe y la organización de simposios, bienales y residencias para artistas muy significativas.

Estamos pues ante una política cultural de largo alcance. Arabia Saudí ha superado los 21.600 millones en infraestructuras culturales desde el lanzamiento de su plan Visión 2030, lo que le permite llevar el arte al metro de Riad. Catar, por su parte, destina mil millones de dólares anuales a su red de museos. Existe una deliberada voluntad de posicionarse en un sector donde el capital privado tiene cada vez más poder. Comisarios, artistas y educadores de todo el mundo encuentran en esta región un lugar donde cada vez más artistas consiguen llevar a cabo sus ideas, atraídos por la ambición cultural de estos hijos o nietos de hombres del desierto. El reto ahora es que esta revolución cultural aborde ahora otras cuestiones, sin olvidar la situación de las mujeres.

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