Opinión | Encerado y clarión
No somos híbridos enchufables
Que te guste tu profesión no te convierte en superhéroe. Ni en psicólogo, trabajador social, sanitario, mediador familiar o técnico administrativo. Mucho menos permite suplir las carencias de nuestra sociedad

Un docente usa una pizarra durante la clase. / Stock.
Qué docente no ha escuchado después del verano la típica frase, tanto de familias como de la Administración: «Ya habéis cargado las pilas». Como si fuéramos una especie de híbridos enchufables, durante las vacaciones nos conectamos a la corriente y el 1 de septiembre, batería al cien por cien y carretera.
Pues no. Es justo al revés. Enchufados estamos todo el curso. Nuestras pilas vienen de serie, no importadas de China. Al trabajo, a las aulas, al alumnado, a las familias, a los problemas y a una Administración que parece tener la curiosa capacidad de añadir exigencias sin añadir respuestas ni reconocimiento. El verano es cuando nos desenchufamos para llenar el depósito y poder tirar de gasolina. Aunque, al precio que está y con nuestros salarios, casi mejor tirar de bici de montaña.
Y cada vez volvemos con algo menos de combustible. No porque hayamos perdido las ganas, sino porque cada vez cuesta más mantenerlas. No por las aulas, ni por los centros, ni por el alumnado. Cuesta por todo lo que se ha ido colocando alrededor de la enseñanza hasta convertir al docente en la respuesta para casi todo.
Una sociedad que espera que eduquemos, detectemos, atendamos, mediemos y solucionemos. Una Administración que legisla para resolver problemas que no resuelve y que después aterrizan en el aula sin manual de instrucciones. Y ante tanta carencia, un remedio recurrente, el placebo de una sociedad sin soluciones: «que se ocupe la escuela». Y, por supuesto, el docente.
Pero que te guste tu profesión no te convierte en superhéroe. Ni en psicólogo, trabajador social, sanitario, mediador familiar o técnico administrativo. Mucho menos permite suplir las carencias de nuestra sociedad.
Un edificio puede tener aulas, tecnología y hasta la mejor de las leyes. Sin docentes será simplemente un edificio. Una ley educativa, buena o mala, tampoco educa «per se». Si es buena, la hacemos mejor, si es mala, procuraremos que parezca regular. Pero sin docentes, un sistema educativo sería solo un sistema administrativo, sin alma, sin corazón y, por supuesto, sin educación.
Por eso el reconocimiento debe ser social, pero también salarial. Es curioso que confiemos a una profesión nuestro futuro y sigamos sin valorar suficientemente a quienes lo construyen cada día.
Quizás cada 1 de septiembre tenga algo de nostalgia. La de aquel docente que empezó como los antiguos seiscientos, dispuesto a llegar a cualquier parte, pero con la fortaleza y la ilusión intactas. Esa energía sigue ahí. Se emociona cuando un alumno aprende, supera una dificultad o vuelve años después para decirle que se acuerda de él.
Quizás necesitemos menos híbridos enchufables de último modelo, cargados de modas, modismos y alto voltaje, y más gasolina para quienes llevan toda la vida haciendo funcionar la educación. Somos docentes y nuestras pilas venían de serie. Lo que necesitamos es que no nos dejen agotar el depósito.
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