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Opinión | La tribuna

José Manuel Pérez Tornero

Ultrarricos con superpoderes

Si una porción tan estrecha de la población se apropia de una parte tan ancha de los bienes, lo grave es el riesgo democrático

Archivo - FILED - 13 March 2024, Brandenburg, Gruenheide: Tesla owner Elon Musk leaves the Tesla Gigafactory Berlin-Brandenburg. Photo: Sebastian Gollnow/dpa

Archivo - FILED - 13 March 2024, Brandenburg, Gruenheide: Tesla owner Elon Musk leaves the Tesla Gigafactory Berlin-Brandenburg. Photo: Sebastian Gollnow/dpa / Sebastian Gollnow/dpa - Archivo

839.000 millones de dólares, la mayor fortuna del planeta, según Forbes. Una cifra que ronda el PIB de países como Bélgica o Suecia, y que solo alcanzan una veintena de ellos en todo el planeta. Esa inmensa fortuna pertenece a un solo hombre: bronco, estrafalario, y padre de catorce hijos de varias madres. Dueño de una red social, de un gigante de la industria espacial y del mayor imperio del coche eléctrico. Se llama Elon Musk y encabeza –por su fortuna– una reducida élite de ultrarricos –Larry Page y Sergey Brin (Google); Jeff Bezos (Amazon); Mark Zuckerberg, (Meta); Larry Ellison (Oracle)–. Todos disponen de un patrimonio de entre 170.000 y 260.000 millones, y comparten un mismo perfil: deben su fortuna a la tecnología y sueñan con organizar el mundo.

Tocqueville profetizó, hace muchos años, que la democracia en Estados Unidos disolvería las jerarquías hereditarias, pero que con el paso del tiempo llegaría a recrear una aristocracia de carácter industrial. Hoy, la profecía se ha cumplido, pero la aristocracia que ha surgido es la tecnológica. Los nombres propios de esta nueva aristocracia son solo la punta de un iceberg. Bajo la élite de los ultrarricos globales se extiende otra élite, la formada por el 1% más rico de cada país, que cada vez acumula más bienes. En España, el 23,9% de la riqueza ya está en manos de ese 1%; en Alemania, el 27%; en Estados Unidos, el 31,6%; en México, el 40%; en Rusia, el 48,6%; y en Brasil, el 63%. Hay en torno a 3.428 milmillonarios en el planeta, y ya acumulan más de 20 billones de dólares. Y su fortuna no para de crecer. En aproximadamente cinco años ha aumentado un 53 por ciento.

El cambio que se está produciendo es cualitativo. Cuando una porción tan estrecha de la población se apropia de una parte tan ancha de los bienes, lo verdaderamente grave ya no es la injusticia de la desigualdad sino el riesgo democrático que supone la concentración de tanto poder en tan pocas manos.

Un reciente informe de Oxfam describe el mecanismo que usan los ultrarricos para alcanzar el poder. Lo sintetizaría en tres asaltos. El primero, a los mercados: hasta monopolizarlos. El segundo –financiando a los partidos–, al Estado: hasta capturarlo, inspirando leyes a medida de los poderosos. Y, finalmente, a la esfera pública: hasta lograr la hegemonía ideológica. En este último asalto, los ultrarricos utilizan todos los medios para imponer una narrativa que presenta la desigualdad como algo consustancial a la naturaleza y al Estado como el peor de los males.

¿Podrá subsistir la democracia ante estos múltiples asaltos?

Nadie lo sabe con certeza. Pero una cosa es segura, la esfera pública democrática estará cada día más asediada. Algunos de los ultrarricos se han lanzado a conquistarla. Tienen bajo su control indirecto a buena parte de los medios tradicionales –Google y Meta proporcionan buena parte de las vías por las que estos obtienen audiencia y publicidad–, y, además, gobiernan directamente las plataformas a través de las que nos comunicamos: Zuckerberg posee Facebook, Instagram, WhatsApp y Messenger; y Page y Brin controlan el accionariado de Alphabet, dueña de YouTube.

La última vuelta de tuerca será la IA. Altman (OpenAI: ChatGPT) y Amodei (Anthropic: Claude) son nuevos actores en esta escena tecnológica, pero ya empiezan a concentrar una parte muy significativa del tráfico mundial de chatbots. Cambiarán, tal vez, los nombres, pero la concentración de poder seguirá la misma lógica que hasta ahora.

¿Qué quedará, dentro de poco, de la soberanía popular y de las elecciones?

Algunas elecciones de los próximos meses nos ayudarán a responder: las presidenciales brasileñas de octubre, las elecciones intermedias de EEUU en noviembre; y las francesas, en abril de 2027. El resultado de esas convocatorias puede ser muy revelador. En cada una de las papeletas que se depositen en esas urnas estará también, escondida, una pregunta: ¿cuánto margen le queda a la política democrática frente al poder del dinero? Entonces, veremos si la democracia sigue en pie o ha empezado a vaciarse.

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