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Opinión

Sergio Fernández Cebrián

La aldea gala de los festivales folklóricos

Cada vez nos cuesta más encontrar esos lugares que conservan una determinada manera de entender el folklore, la convivencia y el intercambio entre pueblos

Integrantes de la Asociación Folklórica Renacer en una de sus actuaciones fuera.

Integrantes de la Asociación Folklórica Renacer en una de sus actuaciones fuera. / EPEX

Heráclito decía que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, porque ni el río ni quien entra en él son ya los mismos. Después de más de treinta años recorriendo festivales internacionales de folklore, no cabe esperar que todo permaneciera como entonces. El folklore, en su propia definición, está vivo y cambia. Y los festivales también deben hacerlo. La cuestión es cuánto podemos cambiar su cauce antes de que deje de ser el mismo río.

Los festivales cambian porque cambia la sociedad, las posibilidades económicas, las formas de viajar, los grupos y el público. Es lógico. Pero a veces uno se pregunta si en esa adaptación no estaremos dejando por el camino precisamente aquello que hacía diferente a un festival internacional de folklore.

Cada vez nos cuesta más encontrar esos lugares que conservan una determinada manera de entender el folklore, la convivencia y el intercambio entre pueblos. Quedan, sí, pero a veces parecen aquella pequeña aldea gala de Astérix y Obélix: un reducto que resiste frente a los nuevos tiempos.

Una de las transformaciones más evidentes está en el tamaño de las agrupaciones: la mayoría de las ofertas que recibimos plantean la participación con cuatro parejas de baile y un director. Desde el punto de vista económico y organizativo, las cuentas salen. Pero quizá haya otras cuentas que deberíamos hacer.

Una agrupación folklórica no es solamente una serie de bailarines ejecutando una coreografía. Hay danzas que necesitan número, espacio y movimiento colectivo; vestuarios cuya riqueza desaparece cuando todo debe caber en unas pocas maletas. Y, sobre todo, el concepto de grupo: se construye siendo grupo. Durante décadas, viajar juntos permitió a los jóvenes aprender de los mayores, convivir y formar parte de una pequeña familia. Si siempre escogemos a ocho personas, decidimos también quién vive esas experiencias y quién se queda en casa. Poco a poco, no solo hacemos más pequeño el espectáculo, sino también el propio grupo.

Hay otra batalla en la que reconozco no ser neutral: soy un firme defensor de la música en directo. Entiendo los problemas técnicos. Poner un mp3 y pulsar un botón es infinitamente más sencillo. Pero no es lo mismo: un músico observa a los bailarines, escucha a sus compañeros y siente al público. Puede acelerar, contener, repetir o improvisar. Una rondalla, una flauta, un violín, un acordeón o un pandero tienen personalidad propia. Un mp3 nunca mira al público. Es cómodo y obediente, pero jamás tendrá una conversación con el escenario. Quizá estemos ganando comodidad mientras perdemos conversación.

Quienes llevamos años participando en festivales sabemos además que algunos de los mejores momentos jamás aparecieron en un programa. Ocurrían después. Músicos de distintos continentes intentando tocar juntos sin compartir idioma, bailarines enseñándose sus danzas, alguien sacando un instrumento y, poco después, cuatro o cinco nacionalidades tocando juntas.

Eso también era el festival. Porque el verdadero intercambio cultural comenzaba muchas veces cuando terminaba la actuación. La música era el idioma común y alrededor de ella nacían amistades y experiencias que podían durar décadas. Cuando desaparecen esos espacios de convivencia, un festival corre el riesgo de convertirse simplemente en una sucesión de espectáculos internacionales.

Y así se va construyendo un tipo de folklore prêt-à-porter: un producto perfectamente empaquetado que sale de una maleta y se representa igual en cualquier lugar. Pero cada festival debería provocar algo distinto. No es igual una plaza que un teatro, quinientas personas que cinco mil, Europa que un encuentro entre cuatro continentes. Deberíamos mirar dónde estamos, con quién estamos y para quién actuamos.

Kant describió en La paz perpetua la definición de hospitalidad universal, como una de las condiciones necesarias para que pueblos diferentes pudieran encontrarse y relacionarse. No se refería obviamente al folklore, pero la hospitalidad sí forma parte del festival. Cada vez recibimos más propuestas donde el organizador pone fechas y escenario mientras cada agrupación paga viaje, alojamiento y manutención. Algunas parecen casi paquetes turísticos con una actuación folklórica incluida. Hemos pasado del «os invitamos a nuestro festival» al «os ofrecemos la posibilidad de venir a actuar».

Naturalmente, organizar un festival cuesta muchísimo dinero y muchas organizaciones sobreviven gracias al voluntariado y a presupuestos limitados. No se trata de juzgarlas. Pero sí de preguntarnos hacia dónde conduce el modelo. Si cada grupo viaja, duerme, come y organiza su tiempo por separado y únicamente coincide con los demás sobre el escenario, ¿dónde está el festival?

Quizá por eso valoramos cada vez más nuestra pequeña aldea gala: festivales donde recibir significa acoger; donde los grupos son realmente grupos; los músicos suben al escenario con sus instrumentos y después de la actuación existe un lugar para encontrarse.

No debemos rechazar los nuevos tiempos. Las nuevas generaciones tienen derecho a construir su manera de entender el folklore. Pero modernizar no debería significar simplificar, y simplificar no debería significar vaciar.

Podemos reducir músicos, bailarines, alojamientos, comidas y encuentros hasta conseguir un festival extraordinariamente sencillo de organizar. La pregunta es qué quedará cuando hayamos terminado de quitar cosas.

Porque el folklore no consiste únicamente en conservar una danza, un traje o una melodía. Consiste en las personas que los mantienen vivos y en la comunidad que se crea alrededor de ellos. Después de tantos años viajando, seguimos buscando encontrarnos con otros, escuchar instrumentos desconocidos, descubrir una danza, compartir una mesa, enseñar algo nuestro y regresar habiendo aprendido algo de los demás.

Buscamos esa pequeña aldea que todavía resiste. Y cuando, después de miles de kilómetros, encontramos una, recordamos inmediatamente por qué seguimos buscando, como decía Asterix… a esos romanos que están locos.

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