Es el más fuerte y poderoso guerrero. Sabréis enseguida a lo que me refiero.

En soledad o en compañía; de diferentes niveles de duración e intensidad; en unos u otros lugares; físico o emocional, del alma… Sea como sea, nadie escapa a él en algún momento de la vida o, en los peores casos, para quedarse.

Está presente desde el mismo momento en que nacemos. Nada más abandonar el confortable líquido amniótico del útero de nuestra madre y estar en contacto con el frío ambiente exterior. Más aún si para ayudarnos a respirar nos sacuden o cachetean provocando nuestro primer llanto. Y, a partir de este momento, si todo va bien, nos dará treguas más o menos largas de tiempo, pero sin alejarse demasiado. Sigiloso e imprevisto, la mayoría de ocasiones, se muestra directamente en nosotros o, indirectamente, a través de nuestros seres queridos o, incluso de personas a las que desconocemos, afectándonos igualmente.

Siempre encuentra motivos para aparecer, independientemente de las circunstancias o características personales, da igual ser buena o mala persona. No discrimina a ningún ser vivo y, aunque nunca le llamaríamos de forma intencionada (sanamente hablando), logra ser el protagonista principal e indiscutible de cualquier tragedia que se precie, sea del calibre que sea. Quien no lo haya sentido, que tire la primera piedra.

Altamente contagioso, como el peor de los virus, se propaga utilizando medios tan sutiles e indiscutiblemente buenos como la empatía, aun siendo ficticio. Con un incisivo poder para hacerse sentir, capaz de traspasar pantallas o recorrer kilómetros de distancia y tiempo.

Y a pesar de que se trata sólo de un síntoma, su carácter sicológico puede llegar a ser muchísimo más cruel e invalidante que el físico e igual de mortal.

Por suerte, en la mayoría de los casos podemos erradicarlo o, al menos, mitigarlo lo suficiente como para llevar una vida normal. Por desgracia, cuando decide cronificarse e instalarse para siempre con nosotros, lo único que nos queda para soportarlo es aceptarlo como compañero de vida y aprender a vivir con él.

El estudio científico de su carácter físico ha ayudado a conocerlo y tratarlo adecuadamente. Sin embargo, respecto al emocional, la conclusión general y más importante a la que se ha llegado es: que no hay mayor DOLOR que la pérdida de un ser querido y quien diga lo contrario, es que nunca lo ha padecido. Doy fe.