«Debería hablarse más de ello», decía esta semana el presidente de Feafes Plasencia, Urbano Núñez, por el Día Internacional para la Prevención del Suicidio, y lanzaba dos ideas, que problemas de salud mental puede tenerlos «cualquiera» y que lo principal es «que la gente lo tenga fácil para ir a pedir ayuda».

Iván Herrero no lo tuvo fácil; es uno de esos cualquiera, un hombre con trabajo, familia, casa, pero ha tenido que pasar por la unidad de Salud Mental del hospital Virgen del Puerto, una vivencia que además ha hecho pública, en sus redes sociales y su blog Cuchillo de palo.

Preguntado por las carencias en la atención sanitaria que recibió, señala que una de ellas es la lentitud a la hora de conceder una consulta con Psiquiatría. «La primera tardaron un mundo en dármela y llegó tras acudir dos veces a Urgencias, la última para el ingreso. La fecha que me salió desde que me derivaron a Salud Mental a finales de enero fue el 23 de agosto», es decir, siete meses de espera.

Explica que «eso es un mundo. En esos meses te puede pasar de todo». De hecho, en marzo «tuve que tomar la decisión de ir a una psicóloga privada, con el gasto que conlleva y que no todo el mundo se puede permitir».

También señala que el hecho de que las consultas con la médico de cabecera fueran telefónicas «no ayudaba nada», aunque resalta su trato «amable y comprensivo».

A su vez, critica que ha tenido ya tres cambios de medicación y «eso es una locura, no sabes lo que es síntoma y lo que es efecto secundario». No obstante, entiende que «buscar el equilibrio y encontrar la medicación correcta es complejo y explica que actualmente le ven una vez al mes, que es «poco, pero está bastante bien para lo que esperaba».

Más vigilado que cuidado

De su etapa en la unidad del hospital, Iván señala que se sintió, a veces, «más vigilado que cuidado, por el riesgo de suicidio, aunque el clima sea bueno y yo estuve con un grupo de gente extraordinaria, pero hay demasiadas cosas prohibidas que te quitan mucha autonomía. No puedes llevarte nada a la habitación, te quitan prácticamente todos tus objetos. También prohíben el contacto físico, que tendrá su razón, pero necesitas mucho cariño allí dentro».

De hecho, recuerda que «solo hay un teléfono al que llaman las familias de cuatro a ocho y es muy duro. Había veces que no podías hablar porque estaba siempre la línea ocupada».

Salir no fue fácil y lo que más echó en falta fue «ayuda, tanto para mí como para mi entorno. Entré en una burbuja y salí con un miedo atroz porque el mundo era el mismo y te espera además como si hubieras sanado y no sabes cómo actuar».

Considera que «hay muy poco contacto con la familia para que les expliquen bien la enfermedad, nuestras necesidades, límites, cómo tratarnos. Al haber mucho tabú, se hace todo muy complejo y se necesita más educación en general y más intervención con las familias».

Otro aspecto que ve prioritario es «que se vea a la gente que pasamos por allí, que esto es algo común, que puede pasarle a cualquiera, que no somos unos tarados» y que se visibilice la enfermedad porque «lo que más me cuesta es que hay cosas que la enfermedad no me deja hacer pero la gente no lo entiende. Si alguien tiene una pierna rota o tiene cáncer, si la enfermedad es visible, el comportamiento es distinto y nadie te fuerza a salir, divertirte, olvidarte de lo que te pasa y con esta enfermedad es todo lo contrario, como si la curación estuviera en nuestras manos. Ahora noto más empatía, pero falta todavía mucho socialmente».