Canta Marwan Abu-Tahoun Recio y ¡vaya si cuesta! En general todo el año y en particular, si no teníamos bastante con la cuesta de enero, septiembre llega con la suya que, si me apuras, es peor.

Convertido socialmente en un mes de comienzos y de los más importantes por su trascendencia vital para cualquier estudiante, su llegada es esperada con ilusión y también ansiedad por conocer a los nuevos compañeros, maestros y profesores durante el curso y compartir los momentos vividos en el estío dejado atrás o, precisamente por esto y el tedio propio de la vuelta a la rutina que conlleva la pérdida de horas de sueño o con dispositivos electrónicos, baños refrescantes y todo lo que implica il dolce far niente que aleja las obligaciones propias del espejismo estival.

Llegado este tiempo, la mayoría deberá de hacer frente sin remedio a la adquisición de material académico nuevo, como los libros de texto que, aunque trae consigo el sabor dulce de estrenarlos y poder disfrutar de su olor mientras los forras con cuidado para protegerlos al máximo, también acarrea el amargor de su alto precio y el enorme desembolso económico, difícil de asumir para muchas familias.

Y es que, a pesar de todo, año tras año se repite la misma cara historia, consecuencia o no del cambio de la Ley de Educación, como una absurda sentencia de obligado cumplimiento exige cambiar de volumen innecesariamente.

A lo largo de años de estudio se comprueba que, ni para aprobar, ni tampoco para impartir clase, es imprescindible un determinado libro y mucho menos para aprender, más aún con todo el material y recursos digitales y al alcance de casi todos, que nos permite ser autodidactas en muchos terrenos y que esto sea cada vez más normal en materias de todo tipo y chicos también cada vez más jóvenes.

Ahora que los precios no paran de subir, empezando por los suministros básicos para vivir, como la cesta de la compra, la luz o el gas y la vuelta al cole supone un gasto tan elevado, tal vez no sea demasiado tarde para facilitar la vida de muchas personas que están pagando las consecuencias de un sistema mal organizado, fruto del egoísmo de algunos que quieren darnos gato por liebre, cuando comparas y compruebas que los contenidos apenas cambian o para complacer la desidia de muchos que eligen trabajar un poco menos, en lugar de intentar comunicarse con sus alumnos y enseñarles la materia de otra forma posible y perfectamente válida, convertidos en sabios guías del sano aprendizaje basado en el intercambio de opiniones y no como meros transmisores de información.

Estaría bien que nos preguntáramos si somos los profes o alumnos que nos hubiera gustado ser y, si no es así, nos pusiéramos manos a la obra para lograrlo.