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AFRONTAN LAS PRIMERAS NAVIDADES FUERA DE CASA

De la guerra en Ucrania a una vida en paz en Plasencia

Dos familias que acogieron a ucranianos relatan cómo se han adaptado a la vida en la ciudad. Explican que es «más duro de lo que parece», pero a pesar de las dificultades, ninguno quiere volver a Ucrania

Marina, con algunos de sus hijos, todos en Plasencia tras huir de la guerra en Ucrania. TONI GUDIEL

No está siendo un camino de rosas, sobre todo si se tiene en cuenta que las familias acogidas de Ucrania salieron de su casa obligadas por una guerra y, a pesar de la excelente acogida en Plasencia, han llegado a una cultura «radicalmente distinta a la nuestra». Van a pasar sus primeras navidades fuera de su país, incluso uno de ellos, Nazar, será uno de los niños que encenderá las luces navideñas. Con todo, «dicen que están muy bien aquí y que se quieren quedar».

Lo afirma Margarita Pardo, que junto a su marido Antonio Merino fueron los primeros en traer a Plasencia a una familia ucraniana, la de su hijo Maryan Kovba, que vive con ellos desde los ocho años.

Sin embargo, no toda la familia está en la ciudad. El padre, que está enfermo, sigue en Ucrania, al igual que otros hermanos. Ninguno está en el frente porque «no han hecho el servicio militar», pero les echan de menos. «El pequeño sueña que su padre ha venido», explica Margarita. Aún así, hablan con él «todos los días».

Días en los que han tenido que hacer frente a un choque entre dos mentalidades porque Margarita señala que, en Ucrania, «la mujer no vale nada» y los mayores, e incluso la madre de los pequeños, mantenían ese pensamiento.

Oksana ya ha comprobado que en España no es igual. Consiguió trabajo en el restaurante La Isla y, cuando se quemó la terraza, la reubicaron en Los Álamos. «Mejor no puede estar, se siente muy querida, integrada y la pagan, que no estaba acostumbrada. Cuando tuvo las primeras vacaciones remuneradas, pensaba que se habían equivocado».

Los pequeños Andriy y Nazar, antes de entrar en una clase de refuerzo de Lengua en Plasencia. TONI GUDIEL

El más «rebelde» ha sido Dymitro, adolescente y han conseguido que Nazar, hijo de Oksana, pase de estudiar en La Salle al Santísima Trinidad, donde están Dymitro y Maryan.

En La Salle queda Andriy, que les ha dado más problemas porque «ha intentado engañar a la profesora, decía que le dolía la cabeza...» En todo caso, Margarita subraya que, con el agravante de la guerra, «no son niños que actúen igual que los demás. Ha sido una lucha, el día a día es duro».

También para su hijo Maryan que, con 18 años, «ha sido el que peor lo ha llevado todo, lo sufre por dentro porque tiene que conciliar dos mundos y no lo sabe gestionar». Aún así, Margarita y Antonio siguen muy pendientes de él y del resto de la familia.

De un sótano en Ucrania a otro hogar

Lo mismo hacen Juan Jesús Arribas y Guadalupe Campos, padres de acogida de Pavlo que, después de tenerse que esconder en un sótano con su familia cuando empezó la guerra, consiguió llegar a Plasencia con su madre y varios hermanos.

Siempre han tenido la ayuda de Juanje y Lupe y el apoyo de la oenegé Infancia de Nad. Juanje señala que, en mayo, se incorporó otro hermano, Artem, de 18 años.

Cuenta que la madre, Marina, trabaja en el bar-restaurante Parada de la Reina como pinche de cocina y «ha aprendido bastante español». Por su parte, Artem trabajó en las cerezas y ahora está en la fábrica de transformadores de Malpartida de Plasencia.

Además, está en el club de fútbol Ciudad de Plasencia, pero aún así, «el idioma le cuesta». Apunta también a la «cultura patriarcal» de Ucrania y señala que, en principio, solo quería quedarse durante el verano, pero su idea es ya «establecerse aquí».

Otros dos hermanos, Bogdan y Katia, de 16 y 12 años, están estudiando en el IES Virgen del Puerto. Ella, «ha hecho un gran esfuerzo por integrarse, es trabajadora y responsable», además, juega al fútbol en el club femenino del San Miguel.

El caso de Bogdan está siendo más complicado. «Le está costando aprender el idioma, no quiere ir al instituto, ni a los scouts, donde van sus hermanos y también ha dejado el fútbol. Dice que quiere empezar a trabajar».

El resto de hermanos, Pavlo y Sofía, de 9 y 10 años, están «muy contentos». Estudian en la Escuela Hogar y van a atletismo.

«Les vemos bien, tienen de todo, pero creemos que es hora de que tiren solos y se den cuenta de que en España no todo es gratis ni maravilloso, es duro, aunque están mejor aquí que allí», confirma.

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