Contra de sexta

El lado oscuro

Rosa María Garzón Íñigo

Ese que tratamos de ocultar, incluso a nosotros mismos, mintiendo por negarnos a verlo y, mucho menos, a reconocerlo.

Son tantos los que aseguran que la fórmula para alcanzar la felicidad es quererse uno mismo con su, tan categórico como dañino y falaz: "si tú no te quieres, nadie te va a querer", que lo único que logra realmente es validar y justificar la irresponsabilidad afectiva de quien, autoerigido sano mentalmente y en base a la baja autoestima del otro, se cree con derecho a tratarle mal. Ilusoriamente protegido por el caparazón que los quiebres de la vida (superados o no) le han llevado a forjarse y que utiliza como armadura tras la que esconder sus miserias, ante todos, incluido él, maestro de la ocultación de sus trastornos personales e infelicidad, cerrado a dar y recibir amor o sintiéndose incapaz de hacerlo.

Y es que el respeto y el amor que los demás nos brinden, no es directamente proporcional al que nosotros seamos capaces de darnos en cada momento de nuestra vida. Todos tenemos derecho y merecemos un trato digno, hasta quienes actúan por maldad o ignorancia. Independientemente de cómo o cuánto cada quien sepa otorgarse, pues cualquier tipo de maltrato es injustificable. Al contrario, tendríamos que ser más generosos solo por estar transitando el proceso de autoconocimiento y sanación necesario para llegar a profesarnos ese amor propio y ese cuidado necesarios, sin confundirlo con egoísmo, y lograr recuperar la autoestima perdida.

Ningún padre ama menos a sus hijos porque no se quieran sano cuando, por ejemplo, beben o fuman, ni viceversa, pues su amor es incondicional, aunque no sea igual, a pesar de su lado oscuro.

Nacemos y morimos indefensos y, por ello, con la innata predisposición a regalar y aceptar afecto. Sin embargo, las individuales experiencias a lo largo de las etapas de la vida, nos avocan a construirnos autosuficientes o dependientes, según el momento y los traumas padecidos y su total, parcial o nula superación.

Así que, quién es el enfermo entonces. Quien es capaz de amar y recibir amor aun sin bienquererse o, quien queriéndose, no se permite amar ni ser amado.