ANÁLISIS

Dejar huella en la moda: jugar las cartas que nos da la vida

Lorena Panea, diseñadora.

Lorena Panea, diseñadora. / EL PERIÓDICO

Lorena Panea*

Cuando decidí abrir mi primera tienda-taller en Extremadura hace 10 años, en un local de unos 35 m² en la calle Cervantes de Mérida, ya sospechaba que no iba a tener un camino fácil por delante. Tenía muy poco dinero y sabía que empezaba un negocio de moda en una de las regiones más pobres de España, mientras intentaba vender ropa con unos precios algo superiores a lo que el público local estaba acostumbrado. 

Pero empezaba mi aventura con 3 comodines: (1) tenía la formación necesaria; (2) lo que me faltaba de dinero, me sobraba en ilusión y ganas de progresar, de aprender y de crecer; (3) estaba dispuesta a reinventar mi negocio y dar los pasos atrás que fuesen necesarios, para seguir dando pasos adelante. Como mis principales recursos eran mi esperanza y mi esfuerzo, trabajaba incluso sábados y domingos, lo tenía que hacer yo todo, mientras reinvertía todo lo poco que ganaba en el negocio. 

Aprendí que las debilidades se pueden convertir en ventajas competitivas y que el fracaso no es más que un estado de mente

No voy a mentir, ni a romantizar, ni a generar falsas esperanzas a nadie. Los comienzos son duros, muy duros, y el mío no fue excepción - especialmente en una industria como la Moda, devaluadísima, con la competencia de un mercado mundial; y más aún en Extremadura que está geográficamente lejos, tanto de los proveedores de materiales, como de los grandes centros de distribución o de ciudades con mayor poder adquisitivo. Aun así, aquellos primeros tiempos difíciles fueron la mejor carrera que he podido hacer nunca. Aprendí que las debilidades se pueden convertir en ventajas competitivas y que el fracaso no es más que un estado de mente – más bien, todos los desafíos se convierten en victorias o en lecciones. Mi negocio fue evolucionando, mientras evolucionaba yo misma como empresaria y como mujer, pero siempre quedándose enraizado aquel aprendizaje de mis primeros años en mi taller de Mérida. Cuando alcancé un determinado punto de maduración y estabilización en mi negocio (si es que eso se puede decir en el mundo de los negocios…), finalmente recibí la invitación y tuve la oportunidad de desfilar con mi marca por primera vez en la Barcelona Bridal Fashion Week, en 2019 – uno de los principales eventos, sino el principal, de la industrial nupcial del mundo. Eso fue volver a sentirme como aquellos primeros tiempos porque, una vez más, sin muchos recursos volvía a nadar con tiburones. Mis diseños de novia iban a desfilar en la misma pasarela que las gigantescas empresas del sector y sujetos al escrutinio de la prensa de moda y a la opinión de todo el mundo. Una vez más, tenía que multiplicarme para ejecutar miles de tareas antes de tenerlo todo listo: crear unos vestidos que no me dejasen mal parada, pensar y organizar el desfile, contactar con la prensa y tiendas para darme a conocer, invitar a mis clientas y profesionales del sector… Si me lo permitís, ¡he de decir que no me salió mal! Aquel primer desfile fue quizás uno de mis principales puntos de inflexión, a nivel de notoriedad – sin comprar publicidad, mis diseños se mencionaron positivamente en Vogue, Elle, Hola, Flash Moda, Novias España, entre muchos otros medios de comunicación nacionales e internacionales. Tenía claro que quería volver a desfilar al año siguiente. 

Pero en los negocios y en la vida nada es constante… Y entonces llegó la pandemia en ese 2020. El miedo que caló en la sociedad, las restricciones, las cancelaciones de bodas o cualquier evento social… El contexto prometía hacer caer varias empresas del sector pero incluso en ese momento me volví a encomendar a los compromisos que adquirí desde mis inicios: volvería a convertir las debilidades en oportunidades. Asimismo, decidí volver a participar en la Barcelona Bridal Week de 2020, que en ese caso se retrasó y cambió a un formato digital. Más de la mitad de las empresas no quiso participar en esa edición (ni siquiera Rosa Clará se presentó) pero de nuevo, esta fue una decisión clave para mí. No solo me ayudó a ganar notoriedad cuando la mitad de la competencia estaba desaparecida, sino también me dio una oportunidad única de montar un desfile artístico con la compañía de la Fura del Baus. En el 2021 todavía imperaban las restricciones y volví a presentarme, cuando muchos otros diseñadores aún se estaban recuperando del destrozo económico (y humano) que dejó la pandemia. Finalmente, estas últimas ediciones de 2022 y 2023 ya han sido normales, pero la posición que tiene ahora Lorena Panea ya no es la misma que hace 5 años (ni mucho menos 10 años) porque nuestro status quo solo se cambia con decisiones difíciles en momentos y contextos adversos. Como siempre me digo a mí misma, dejar huella en la moda (o en cualquier industria) no es cuestión de recursos, sino de saber jugar las cartas que nos da la vida. 

* LORENA PANEA

Diseñadora española con raíces en el Antiguo Egipto