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tribuna

La revolución verde

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ALFONSO Vázquez Atochero

La evolución de la humanidad en los últimos milenios ha encadenado una serie de avances acumulativos acaecidos a un ritmo vertiginoso. El hecho de que nuestros antepasados pasaran de tallar la piedra a pulirla supuso un revulsivo en la construcción de herramientas. Si habíamos estado varios millones de años tallando, sólo unos milenios puliéndola, hace unos 3.000 años que trabajamos los metales. La revolución neolítica no fue sólo a nivel tecnológico, sino también a nivel de mentalidad. 12.000 años a.C. aparecen las primeras aldeas, 9.000 a.C. la agricultura y 8.500 a.C. la ganadería. A este aspecto, la civilización occidental es deudora de estos avances acaecidos en Oriente Próximo. 7.000 años a.C. se producen las primeras manipulaciones de metales en Turquía. El hombre del neolítico comienza a dominar la naturaleza con el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Aparecen excedentes que le dan tranquilidad en épocas menos prósperas y también puede intercambiar bienes con otros asentamientos.

Pero realmente, comparando estos avances euroasiáticos con la forma de vida de otras culturas modernas, aparentemente ancladas en el paleolítico, podemos replantearnos quién dominó a quién: el hombre cultiva y cría animales en vez de cazar y recolectar, y se ata al trabajo. Hay voces contemporáneas que no dudan en poner un pero a este proceso tan apasionante como apabullante. Juan Luis Arsuaga, en el Collar del Neandertal, afirma que al domesticar animales y cultivar plantas, el hombre se encorva, mira hacia abajo, se centra en su «nueva» vida y deja de mirar al cielo, las estrellas y pierde su contacto con la naturaleza. Tal vez sea este el momento en que la Madre Tierra, la naturaleza que nos ofrece todos recursos para vivir, va sufrir unos de los impactos ambientales más brutales de los que ha padecido en sus 4.500 m.a. Esos excedentes que inicialmente proporcionan seguridad y reducen la incertidumbre a la que estaban sometidos los grupos nómadas suponen el inicio de un proceso de consumo conspicuo que culmina -al menos parcialmente - con el vórtice consumista en el que estamos inmersos.

La cumbre del clima que ha concluido esta semana en Madrid ha tratado de acompasar visiones opuestas: algunas totalmente castratrofistas frente a otras en exceso optimistas con lo que puede suponer la actividad humana sobre este maltrecho planeta que aún nos acoge en su superficie. Pero es que las cifras no engañan: hace apenas doscientos años había 1.000 millones de humanos; hoy somos más de 7.000 millones y esto no da para tanto. Y viajar en catamarán -o en burro- no deja de ser una anécdota más que permite que el circo mediático se recree en una figura que a veces es ridiculizada y otras tantas endiosada, según interese al lobby correspondiente. Las cuentas están claras: si todas las personas de UN SOLO vuelo transoceánico que cruce el atlántico hubieran decidido venir en catamarán ¿cuántos catamaranes harían falta? Eso no es todo, pensemos en la cantidad de vuelos transoceánicos que recorren el planeta en un solo día ¿y cuántos en estas tres semanas de travesía? ¿Qué les decimos a estas personas que recorren el mundo a diario? ¿que se queden en sus casas? ¿Que solo los millonarios y sus monitos de feria tienen derecho a viajar? La solución no es sencilla, porque si el reduccionismo metodológico Ockham defendía que «en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable» la casuística actual nos demuestra que una respuesta simple a un problema complejo es demagogia -o populismo, si se quiere-.

Hay que comenzar con acciones individuales, pero hacen falta políticas que regulen el consumo. La proporción de personas realmente convencidas y sensibilizadas con la problemática ambiental es aún débil. Y más débil el porcentaje de aquéllas que están dispuestas a hacer un cambios en sus estilos de vidas. En este escenario la suma de las acciones individuales aporta poco. La transformación de los canales convencionales de distribución -venta a granel sin tara de embalaje, recipientes retornables, reutilización de los recursos- ha sucumbido ante un escenario de plástico y couché que nos incita al consumo compulsivo, continuo, superfluo e innecesario. Y es que, además de colorido, es más económico. Ser respetuosos en nuestro consumo parece, a priori, más caro que ser desidiosos con nuestro entorno y además exige más tiempo y una visión más crítica. Estamos agotando nuestro tiempo: hay que reaccionar ya.

*Profesor de Ciencias de la Educación de la UEx

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