6 toros de Luis Algarra, terciados, de poca presencia y ayunos de casta. De muy poca raza el primero; noble pero de poca transmisión el segundo; de cansina embestida el tercero; noble, muy bondadoso pero de muy poca transmisión el cuarto, inválido el quinto; insulso el sexto. Pesos: 475, 495, 450, 465, 450 y 476 kilos.

El Juli, de verde botella y oro. Estocada y descabello (Silencio); bajonazo y cuatro descabello (Silencio).

José María Manzanares, de nazareno y oro. Estocada baja (Oreja); Pinchazo y estocada (Silencio).

Pablo Aguado, de azul marino y oro. Casi entera (Silencio); casi entera atravesada (leves palmas).

Mérida, casi lleno con la limitación del cincuenta por ciento del aforo consecuencia de la pandemia.

No quedará para el recuerdo la muy esperada corrida que ayer se anunciaba en el emeritense y más que centenario coso del Cerro de San Albín. Mal está la fiesta de los toros, en la que se juntan la ruina económica que es consustancial a la pandemia, que afecta a los festejos taurinos, como afecta a otros muchos sectores de nuestra economía, pero también hay intereses espúreos de quienes la tienen en el punto de mira. Con todo y con eso, la fiesta no necesita enemigos externos, que ya los tiene internamente.

Lo que no puede ser es que toreros como El Juli s de veinte o más años de alternativa encabezan el escalafón y Manzanares, que después de veinte o más años de alternativa encabezan el escalafón, pretendan ser la esperanza y el futuro. Al menos, que den un paso adelante y que hagan algún esfuerzo, que no es mucho pedirles. Y que si se anuncian en los pocos festejos que se dan, que lo hagan con decoro, con una corrida bien presentada, de una ganadería encastada, que diga. No con una mansada, mal presentada, como la de ayer de Algarra. Completaba la terna Pablo Aguado, que es torero nuevo, pero así, tan acomodado, será que pronto aprende lo peor.

Viene a cuento este preámbulo porque la corrida de Algarra, ni tuvo presencia, ni tuvo fuerzas, ni tuvo raza. No tuvo nada que destacar y muy poco que recordar. Saltaban los toros al ruedo, chicos y cómodos de defensas, y eran como una gaseosa a la que se le va el gas, perdían las manos, no tenían recorrido, había que llevarlos por alto y perderles pasos. En fin, lo que es el toreo hecho con vulgaridad, el que no dice nada porque no tiene emoción.

Abrió el festejo un toro chico pero reunido, que pareció alegre de salida, al queElJuli quiso torear con el capote, pero le desarmó. Tenía nobleza, metía bien la cara pero andaba muy justo de fuerzas y de recorrido. Bastante hacía el torero con mantenerlo en pie y los muletazos tenían que ser por arriba, por donde no dicen nada.

El cuarto, también muy justo de trapío, tenía bondad. Parecía que El Juli estaba en un tentadero y en el ruedo había poco toro y menos emoción. Mal con los aceros, terminó El Juli con un bajonazo y cuatro descabellos.

Dentro de la poca raza de la corrida, el segundo, primero de José María Manzanares, fue muy noble y tuvo embestidas más consistentes. Blandeó en el ampuloso capote del alicantino pero llegó con buen son a la muleta, aunque también con poca transmisión.

Pases de tanteo en el comienzo de faena y poco ajuste a lo largo de una faena de series cortas, de mucha pose y muy poca emoción que, tras una estocada baja, permitió al torero pasear la única oreja de la tarde. El quinto fue un inválido ya con la corrida cuesta abajo.

Pablo Aguado era muy esperado. Dejó que picaran a su primero de forma excesiva y llegó el burel sin fuerzas y sin empuje a la muleta..

Detalles del sevillano con el capote ante el sexto, faena siempre perdiendo pasos y a media altura ante un animal que se quedaba corto.

Quizás algo quedó claro el sábado: que se apliquen los nuevos, caso de Pablo Aguado, y que el escalafón está pidiendo a gritos una renovación.